por Adam Lusher
- 2012 –
Nuestra era
tecnológica, conectada las 24 del día, hace que la vida de un verdadero
solitario sea más atractiva y alcanzable. Adam Lusher fue en búsqueda de
aquellos que eligen vivir como solitarios.
En la ladera de una
colina se está construyendo una cabaña. Elaborada con madera simple, la cabaña será
suficiente para conceder un espacio para dormir y para rezar, otro para la
higiene personal, otro lo suficientemente grande como para situar una estufa,
un lavadero, una mesa y algo más. Desde un banco situado afuera, se pueden observar
los campos y vallas de Shropshire. En un día claro como este, las colinas
Malvern Hills son visibles desde unos cincuenta kilómetros aproximadamente.
Pero en este paisaje campestre difícilmente se halle otro signo de humana
habitación.
Acompañado por una
sonrisa alegre, Stafford Whiteaker revisa lo que pronto será su hogar; o más
correctamente, su celda. “Pronto viviré en soledad. Y
es maravilloso”, dice. En un radiante
atardecer del siglo XXI, esta figura de habla tranquila y vestido sencillamente
–con guardapolvo y lentes bifocales antes que con una larga barba y taparrabos-
se presenta a sí mismo como un ermitaño.
“Se la denomina la
vida escondida. No me sorprende que no sepas nada de ella. Pero está viva y
está bien; y vive aquí, en Inglaterra, en Escocia y Gales”, afirma. Aunque es
difícil tener cifras exactas. Los ermitaños, después de todo, no se esmeran por
ser conocidos. Pero un reciente informe sugiere que hoy deben existir cerca de
unos 200 ermitaños en Gran Bretaña.
Algunos, como
Whiteaker, disfrutarán de la vida monástica, pero estarán solos y no junto a
una comunidad de monjes(as). Pero como si estuviesen dentro de un monasterio,
los ermitaños también siguen una “regla de vida” y se sujetan a un horario (horarium) cuyas raíces se remontan a los
inicios de las cristiandad. Los eremitas como Whiteaker con frecuencia se
describen a sí mismos como seguidores de la vida eremítica, diferenciándose así
de los “solitarios” que siguen un camino menos regulado y quienes no
necesariamente adhieren a una religión específica. Aunque también buscan lo
espiritual, pero, como lo dijo alguien: “Es algo más bien experimental. Lo llevo
a cabo a medida que voy avanzando. No sé lo que pasará
después”.
No todos los ermitaños
disfrutan de un entorno campestre como el lugar en donde está la “celda” de
Whiteaker. A medida que exploraba los anónimos círculos de oración que
circulaban por una red virtual de ermitaños (mediante comunicaciones escritas),
descubrí la existencia de “ermitaños de barrios carenciados, de horrendos
camastros, en horrendas ciudades”, tal como una fuente lo registró. Una especie
más favorecida es la del “monaquismo urbano”: vivir solo en medio de la ciudad,
en un simple departamento del que raramente se sale. Algunos de estos “eremitas
urbanos” incluso tienen un blog. La última entrada de uno de éstos dice: “Sí.
Intentaré postear una vez cada tres años o algo así…”. La segunda entrada más
reciente es del 2009, y la imagen del perfil es la de una monja medieval. Su
autora es una laica de unos cincuenta años que vive en New York City. Para sustentarse,
esta ermitaña trabaja desde su casa, lo cual le permite “permanecer” en su
“celda” durante casi todo el tiempo. “Consigo los alimentos y casi todo lo
demás por entrega a domicilio, así que raramente dejo mi departamento, excepto
para ir al coro o a misa”, escribe. Ella se convirtió en ermitaña en el 2007,
nueve años después de haber experimentado “un devastador evento en mi vida. Empecé
a notar que el tiempo que pasaba sola era un bálsamo para mi alma herida. Y los
nudos mundanos comenzaron a desatarse”. En su último post, de abril del 2012 (“Estado
de ánimo: contemplativo”), escribe: “Soy feliz. Y no, no estoy sola :-)”.
En esta era
obsesionada con Facebook y Twitter, ese tipo de apartamiento del mundo parece
extraño, incluso sospechoso. Y ésa es la razón por la que Whiteaker, tras
dudarlo un poco, finalmente permitió que lo visitara: “Mucha gente que busca
una forma de vida más solitaria tiene que saber que es algo que está bien. No están mal, no están locos. Esta tradición tiene miles de años”.
En las culturas
Orientales, la tradición eremítica ha perdurado por miles de años. Y una vez
que llegó la cristiandad se acomodó y continuó con su camino. El asceta Antonio
el Grande siguió a Jesús dirigiéndose al desierto allá por el año 270 d.C. Para
cuando murió, cerca al 356 d.C., eran tanto los eremitas que lo habían seguido
al desierto cercano a Alejandría, que –según su biógrafo- el yermo “se llegó a
convertir en una ciudad”. Hoy en día, los eremitas continúan despertando la
curiosidad y emanan un aura de sabiduría. “Sentáte en tu celda, y tu celda te
enseñará de todo”, dice uno de los padres del desierto, Abba Moisés.
En la actualidad, a la
ermitaña de New York también le agradecen por “sus palabras de sabiduría y
experiencia”, pero lo hacen los visitantes virtuales de su blog. De hecho,
internet les ha concedido un gran impulso a los buscadores de la vida
solitaria, pues les permite trabajar desde sus celdas, comprar sus alimentos
diarios y recibirlo en sus viviendas. Y aquellos que buscan un poco de luz no
tienen ir tras un hombre de larga barba que vive en la cima de una montaña, simplemente
pueden enviar un e-mail.
Pero quizás estés
pensando que la tradición de los ermitaños pertenece a la Edad Media. Bueno,
aquí está Whiteaker, mostrándome su jardín. Y con voz cálida y con algunos
trazos de acento norteamericano, saluda a los abejorros que circundan las
flores: “¡Hola muchachos!”. La “vida oculta”, insiste, no se trata de morir
sino de crecer.
Y continúa: “Cada vez
más personas buscan esta forma de vida. No queremos convertirnos en solitarios
porque temamos al mundo, sino porque queremos alejarnos de todas sus
ocupaciones y caos. Simplemente queremos un poco de silencio para poder
reflexionar”. Los eremitas religiosos se centran en su relación con Dios.
Aunque, según Whiteaker, no necesitás ser religioso para desarrollar tu lado
espiritual, para concentrarte en las cosas “que realmente importan”.
Whiteaker creció en
California y comenzó su vida como ermitaño en 1998, en los Altos Pirineos de
Francia. A sus 80 años, su rostro ya manifiesta resequedad, pero es delgado y se mantiene tan saludable que
pareciera de sesenta. A medida que delinea lo que realmente importa, no puedo
dejar de pensar en lo que otros gurús que aconsejan -de manera más hedonista y
hippie- cuando hablan de iluminar, sintonizar y soltar: “¿Cuando fue la última
vez que no hiciste absolutamente nada? No es un pecado.
En los libros sagrados no hay nada
que diga que tenés que estar continuamente ocupado. La
vida es corta, ¿porqué no ser feliz?”.
En una antigua cabaña pastoril,
en un elevado páramo sobre Stranraer, Escocia occidental, Sara Maitland está de
acuerdo: “Ayer, mientras estaba rezando, de pronto tuve una maravillosa
sensación de la grandeza de Dios. No soy una hosca presencia en este páramo”.
La cabaña tiene solo dos habitaciones. No tiene teléfono celular (se comunica
conmigo a través de su teléfono fijo [landline]); ni tampoco se halla en
las redes sociales, ni tiene radio ni televisión. “Mi televisión es la
costura”, dice. Maitland tiene 62 años y está convencida de que hay otros que
desean imitarla. En el 2008 escribió A
Book Of Silence, un libro sobre su búsqueda de una vida solitaria.
“Todavía recibo una
gran cantidad de cartas, lo que me lleva a pensar que existe una verdadera
necesidad por lo trascendente allá afuera”. Los autores de las cartas le
preguntan si están conduciendo su vida solitaria de manera adecuada: “Tengo
muchas cartas de mujeres de mi edad que han enviudado, se han sumergido en el
silencio y piensan que pueden hacer algo mejor con el mismo. Me gusta eso”.
Aunque es creyente, se diferencia de otros eremitas porque “no obedezco al
obispo. No soy una virgen consagrada”. Pero tuvo un matrimonio y dos hijos. Recuerda luego
que compartió un albergue estudiantil con Bill Clinton en los ’60, y que fue
expulsada de la galería pública de la Cámara de los Comunes en 1973 por molestias
que provocara [heckling] a favor de
la liberación femenina.
Maitland remarca que su
vida no es “tan dura como los Padres del Desierto. Duermo
en una cama apropiada. No me autocastigo. No hay ninguna cosa penitencial que sea extrema”. Whiteaker también sonríe
cuando le expreso mi relativa desilusión por no hallarlo en una cueva: “¡Es
demasiado húmeda! No quiero tener reumatismo”. Pero la
modernidad tiene sus inconvenientes. El dinero y los impuestos al parecer son ineludibles ni siquiera para
los eremitas. Maitland tiene que pagar impuestos municipales e ir de compras
ocasionalmente (y va al supermercado, pues así evita las posibles charlas en el
almacén local).
Esta mujer complementa
sus ingresos trabajando “silenciosamente” como profesora de escritura creativa
para la Universidad de Lancaster. Y se comunica con sus estudiantes vía e-mail,
en una computadora que –lo dice con orgullo- no tiene dispositivos de sonido.
Whiteaker, el autor de
The Good Retreat Guide, que está en
su sexta edición, me cuenta sobre su último libro: Good Living in Hard Times: the Art of Contentment. Casi en su
totalidad, esta obra trata sobre el sincero deseo del ermitaño de compartir las
diversas lecciones que ha aprendido. Aunque, claro,
también necesita pagar su nueva celda. Whiteaker comenzó su desempeño laboral en Sudamérica, escribiendo
guiones para lo suena a un antecedente mexicano de la serie Casualty. En “los rugientes ‘60” trabajó
en anuncios publicitarios en Londres. Y en los ’80 estaba en PR, trabajando
para clientes como Unilever: “Lo disfruté mucho entonces. En ese momento era lo
inidicado para mí”. Hoy, todos los días se levanta a las cinco o seis de la
mañana. Inmediatamente agradece a Dios por estar vivo y procede a recitar
algunos salmos. Luego lee la Biblia, a los Padres del Desierto y otros
escritores modernos; recién entonces desayuna con café y unas tostadas. Después
continúa con más oraciones en la mañana y una hora de contemplación; por la
tarde, una caminata para meditar y la oración de la hora. A la noche, tras
cenar sopa y pan, quizás lea una novela de detectives. Tuvo hijos, tuvo una
esposa; de la que se separó cuando tenía 30 años. Ahora está en Shropshire, y
ve a sus seis nietos tres o cuatro veces al año. El llegar a Shropshire -me
dice con alegría- significa “poder morir en mi propia ley”.
Resultaba algo
imprudente preguntarle sobre otros temas, pero lo hice. Hubo una larga pausa. Por
supuesto que existen tentaciones: “En el 2007, en solo cuatro meses, perdí a
tres personas muy cercanas a mí. Eso me impactó bastante. Quería algo normal. Y tuve una fuerte aventura mientras vivía en
soledad”.
Y continúa: “En la
vida solitaria, sin importar cuán satisfecho estés, lo que se pierde es la
intimidad humana. En realidad no tanto la parte sexual, sino el sentido de
intimidad, de estar junto a otra persona”. Así que aquella relación del
ermitaño terminó. Y el llamado a la vida solitaria probó ser más fuerte: “Había
una gran parte de mí que no compartía con la otra persona. No estaba en
posición de hacer feliz a alguien”.
Quizás sea mucho pedir que un periodista londinense comprenda esto.
Cuando Maitland habla
sobre la superficial vida moderna que concede una extensa red de “relaciones
débiles”, entiendo lo que quiere decir. Estoy de acuerdo cuando ella llama a
los aeropuertos “un infierno”, y a los teléfonos celulares “inventos del
demonio”. Incluso puedo entender el sentido de ir a un retiro o de una larga
caminata. Pero es la necesidad de soledad permanente lo que me resulta difícil,
en especial cuando Maitland y Whiteaker sugieren que es una buena idea
consultar ocasionalmente con un experimentado “director espiritual”. “Las voces
que escucho con el viento son muy divertidas. Pero yo aconsejaría tener un
director espiritual que te ayude a distinguir y ver si se trata solo de la
manera en que el cerebro procesa el sonido, si es Dios quien te habla o si
estás perdiendo el juicio [bonkers]”,
dice Maitland.
Maitland y
Whiteaker son dos de las personas más locuaces con las que te podrías
encontrar, y no parecieran haber perdido el juicio. Y como lo aclara este
ermitaño, cuando ya su visita se retira y la charla ha terminado: “Es como
sumergirse en un profundo océano, con el silencio rodeándome como agua y siendo
increíblemente aceptante. Me siento totalmente bien”. Cuando le pido que me lo
explique más, mueve la cabeza y dice. “Estás tocando algo que no sé cómo
explicártelo”; e insiste en que vaya a su huerta y saque algo para mí. Acepto
su regalo. Luego junta sus manos como quien va a rezar y dice: “Bendito seas”.
Finalmente, con una bolsa llena de papas, con algo de menta y quizás con cierta
sabiduría concedida, vuelvo nuevamente a la ciudad.
...
Lusher Adam (19 de
septiembre del 2012). Life lessons from modern day hermits. The Telegraph.
1 comentarios:
Que motivador es saber que hay personas tan valientes como para llevar a cabo la vida de ermitaño que tanto me llama pero tanto miedo da a partes iguales, por dar el paso definitivo de romper con una sociedad a la que sabes que no querrás volver jamás...