6.8.17



















¿Y quién comprende los caminos del Espíritu Santo?

por Vāyu-sakha.

A la edad de 28 años, este agraciado celebrante había ingresado a un instituto religioso de estricta observancia; lo hizo diez años después de haber concebido a una hija fuera del matrimonio, junto a una mujer radicada a más de seis mil kilómetros de su eventual locación de stabilitas. Posteriormente, al ser ordenado sacerdote, el reconocido teólogo tendría ya 34 años de edad; en tanto que la hija a la que nunca vio ni reconoció, estaría cumpliendo 16 años de vida en algún ignoto lugar de Inglaterra [1]. 

En aquella época pre-conciliar, la vigencia del conservador CIC de 1917 no halló –según el entendimiento de los superiores- objeción alguna frente al candidato al noviciado, como así tampoco frente a su posterior entrada al orden sagrado [2].

La fotografía representa la primera misa solemne que celebrara el P. Louis en la Abadía de Nuestra Señora de Gethsemaní, el 28 de mayo de 1949.

Sin duda alguna, el incesante oleaje de la existencia nunca traza rígidos guiones biográficos para los innumerables seres que navegamos en ella. Pero si alguien con un curso de vida similar a la del escritor señalado tocase hoy la puerta de un seminario diocesano o de un instituto religioso, ¿sería admitido a pesar de sus acciones pasadas y de sus repercusiones todavía presentes? ¿Lo permitirían el renovado CIC de 1983 y la interpretación post-conciliar del Ordinario o de la Santa Sede? ¿Sería posible que resonase incluso, de alguna manera y siquiera lejanamente, el concepto de los viri probati
...

1. Aunque no existe evidencia alguna, se sugiere que tanto la hija como la madre –cuyos nombres se desconocen- podrían haber fallecido en un blitzkrieg sobre Londres durante la Segunda Guerra Mundial.
2. Nótese la calidad illicite sed valide del noviciado que habría cursado el joven norteamericano según el can. 542 §2, cuando señala la irregular condición de: parentes quorum opera sit ad liberos alendos vel educandos necessaria | “los padres a quienes se requiera para mantener y educar a los niños” (fragmento no explícito en la edición actual del CIC). En cuanto al orden sagrado, particularmente en los cán. 990 §1-2 y 991 §1, se deja en claro el derecho del Ordinario para dispensar a la persona de lo que podrían considerarse como irregularidades o impedimentos (facultad que en ciertos casos es extendida y reservada a la Sede Apostólica en el CIC vigente). 


Véase también: Hagia-sophia




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¿Cuánto tiempo dura el efecto de una sola consumición eucarística?

Se entiende que la presencia de Cristo en nuestro interior, en términos biológicos, dura tanto como subsistan las especies eucarísticas; es decir, unos cuantos minutos [1]. Pero luego de haber comulgado en estado de gracia, ¿cuánto dura aquel efecto primario de intensificación de la unión mística con Jesucristo y de la gracia santificadora? ¿Y cuánto los efectos de mayor alejamiento del pecado venial y de preservación contra el mortal? [2]. ¿Será que la eucaristía tan sólo genera un transitorio efecto efervescente sobre el fiel católico y es por eso que éste requiere de su fracción frecuente? ¿O será posible que, tras haberla consumido una sola vez, sus efectos puedan durar en el alma incluso como el rocío matinal que despierta y acompaña a la flor de un día? [3].


¿Cuán reales son los efectos de la eucaristía?

Si los frutos de la eucaristía son incuestionablemente reales, los sacerdotes -en virtud de su condición y obligaciones dentro del orden sagrado- tendrían que ser sus principales depositarios y el testimonio vivo de su efectividad [4]. Sin embargo, cuando eso no sucede y sucede aún lo contrario, ¿se diría que los fieles tan sólo acuden, en verdad, al piadoso consumo de una enigmática ausencia bajo las especies de pan y vino? Si no se perciben los esperados efectos de una supuesta causa, ¿se ha de dudar sólo de la realidad de los primeros o sobre todo de la existencia de la segunda?


1. CCE 1377.
2. CCE 1391-1395 y 1416.
3. Aunque es muy poco probable que un fiel católico comulgue una sola vez en su vida y -sintiéndose completamente satisfecho- alcance así la plena madurez espiritual, la pregunta apunta a la perdurabilidad y constatación práctica de los efectos que se le adjudican al cuerpo y sangre de Cristo tras el sincero acto de su consumición.
4. Para los frutos de la eucaristía, véase el CCE 1377; para lo pertinente al orden sagrado y a la dignidad y funciones sacerdotales, véase CCE 1536-1600. 


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¿Cuántas hogazas de pan y onzas de vino hacen a un buen cristiano?


por Vāyu-sakha.


Preguntas:

1. En esta época nuestra, en la que es posible comulgar hasta dos veces por día, ¿no se esperaría que la comunidad de católicos fuese más íntegra y robusta que en tiempos en que la comunión era realmente escasa? ¿Y los mejores entre sus miembros no debieran, incluso, manifestar un mayor grado de santidad que en el pasado?

2. Si bien un distintivo de los santos es su ferviente atracción por el cuerpo y la sangre de Cristo, ¿podemos evaluar, en la actualidad, el grado de perfección espiritual de una persona según la cantidad de pan y vino consagrados que haya consumido o el ansia que sienta por ellos?

3. Si alguno –por la razón que fuera- tan sólo se sujetara al mínimum de una comunión al año, ¿sería por eso menos digno de la misteriosa gracia divina que aquel que sigue un régimen laudable?



Fragmento sobre historia de la comunión.

Después de eso comenzó un glorioso tiempo: la auténtica Edad Media, periodo en el que durante dos siglos y medio la Iglesia rigió al mundo. Si alguna vez hubo un momento -en la historia de la tierra- en que el Reino de Cristo logró ser un poder imperial, ese fue el lapso entre san Gregorio VII y el inicio del reinado de Bonifacio VIII. Si sus súbditos se rebelaban, la Iglesia los sometía; pues el mundo mismo estaba de su lado. En medio del escepticismo de nuestro tiempo, Europa pareciera mirar atrás con cierta melancolía, lamentándose de aquella gloriosa Edad de la Fe, de aquella breve etapa de creencia religiosa. Sin embargo, y resulta extraño decirlo, se trató de un tiempo en que las comuniones eran escasas, poco frecuentes. El punto de esplendor más álgido de la Iglesia medieval es el IV Concilio de Letrán; ni siquiera en Nicea se dio una más augusta representación del mundo cristiano. Oriente y Occidente estaban ahí reunidos bajo la Sede de San Pedro; más de 400 obispos juraron fidelidad a Inocencio III, en tanto que reyes y emperadores competían con eclesiásticos en su profesión de lealtad. Pero fue precisamente entonces, cuando el mundo estaba a sus pies, que la Iglesia se vio obligada a sancionar a aquellos hijos suyos que no comulgaran una vez al año y a limitar su mandato a la comunión durante la Pascua, sin exigir nada de más.
Pero esto no es lo más sorprendente del caso. En épocas anteriores, la Iglesia exigía tres comuniones al año; aunque, de hecho, los fieles comulgaban con más frecuencia. Por ejemplo, mientras que el Concilio de Agda ordenaba solamente tres comuniones, sabemos que –en el mismo siglo- todo un navío de marinos tuvo que desembarcar un domingo debido a que no podían perder su comunión semanal [1]. Sin embargo, durante la Edad Media incluso los fieles comulgaban muy raramente. Se podría decir que los padres del Concilio de Letrán sólo exigían como promedio una comunión al año debido a la aspereza e ignorancia de los rudos guerreros con quienes trataban. Aún con todas sus virtudes, difícilmente se podría decir que un cruzado era un hombre de vida interior. Ellos iban por el mundo recibiendo y dando golpes, luchando y batallando a lo largo de toda su vida; aunque grandes y de corazón sencillo, maduraban como niños; y como a los niños, no se les permitía comulgar con frecuencia, ya que eran demasiado volátiles y demasiado ignorantes para poder apreciar lo que hacían. Y esto mismo bien podría decirse, con toda certeza, de la generalidad de los hombres de aquella época. Aunque no ha de considerarse esto como razón para las infrecuentes comuniones de las órdenes religiosas y –sobre todo- de los santos. Veamos algunos hechos para aclarar nuestro punto.
No puede haber una forma más segura de estimar la mirada de los santos medievales respecto a la comunión, que observar la frecuencia de comunión que ellos mismos exigían a sus religiosos a través de sus reglas. En todos los casos, veremos que sus ideas al respecto eran bastante diferentes a las nuestras. Tomemos, por ejemplo, a la única verdadera orden inglesa que alguna vez se haya establecido: la de Sempringham, instituida por san Gilberto en el s. XII [2]. Según su regla, los hermanos seglares sólo debían comulgar ocho veces al año. Como contraste, conozco sólo un caso de comunión más frecuente durante ese mismo tiempo: el de la pobre y extática inglesa de la diócesis de Durgham, a quien le fue permitido recibir a nuestro Señor todos los domingos. Es posible que haya otros casos aislados de este tipo, pero los mismos no pueden superar el hecho de la comunión poco frecuente de toda una orden religiosa. Si hubo un santo en cuyo instituto -más que en el de cualquier otro- pudieses esperar que el amor haya logrado reemplazar al miedo, ese sería san Francisco. Sin embargo, incluso ahí verás la misma infrecuencia. Existe una carta del santo en la que permite que el sacerdote de su orden solamente permanezca un día en cada convento a fin de celebrar la misa [3]. Quizás supongas que esta severidad se vio distendida para las monjas de santa Clara; pero, de acuerdo a su regla, las hermanas sólo comulgaban seis veces al año e iban a confesarse doce [4]. En el caso de las dominicas de claustro, sólo se les permitía comulgar quince veces al año, dado que era frecuente que pudiesen hallar a confesores que las escuchasen [5]. Existen, no obstante, ejemplos aislados de comuniones más frecuentes; tal como el caso de las hermanas de Santa María de la Humildad, a quienes Urbano IV les ordenó comulgar una vez cada quince días, además de cada sábado de Cuaresma y en Adviento [7]. Pero se trata de una excepción dentro de una congregación pequeña, lo cual no puede superar a la práctica mucho más extendida e importante de las órdenes de san Francisco y de santo Domingo. Otro estándar confiable para poder determinar la cantidad de comuniones de los fieles son las reglas de las órdenes terciarias, las cuales consistían en devotos que, aunque continuaban viviendo en el mundo, hacían lo mejor que podían para servir a Dios de manera perfecta. Se trataba de la verdadera élite de la laicidad, si bien los hermanos y hermanas de la orden terciaria de santo Domingo –de acuerdo a su regla- sólo comulgaban cuatro veces al año. Otro ejemplo remarcable es el de san Luis, quien si hubiese vivido en la actualidad de seguro hubiese comulgado a diario. Su austera vida, su profunda consciencia y su generosa devoción (por la que en las cruzadas arriesgaba absolutamente todo por amor a Cristo), de seguro le habrían concedido el derecho de recibir el Santísimo Sacramento con mayor frecuencia que sus contemporáneos. Sin embargo, aquel que declaró que la única medida del amor a Dios era el amor sin medida, fue tratado de manera tan miserable por su confesor que su habitual número de comuniones fue de seis al año [8]. Más tarde y durante el mismo siglo, siendo todavía laico, san Luis de Toulouse sólo recibía a nuestro Señor en ocasión de las principales festividades [9]; y santa Elizabeth de Portugal lo hacía sólo tres veces al año [10]. Un fiel de la actualidad no estaría nada satisfecho si fuese puesto bajo ese régimen de provisión.
¿Cuál podría haber sido la razón para las escasas comuniones durante la Edad Media? De seguro, Godfrey de Bouillon y sus bravíos hombres (aquellos que recuperaron Jerusalén y que derramaron lágrimas sobre la fría piedra en que reposó Cristo), merecían recibir su cuerpo con más frecuencia que un laico de la actualidad. Pero el hecho es un misterio tal, que yo difícilmente estoy preparado para resolver. Aunque podemos afirmar lo siguiente: si la necesidad de ellos hubiese sido tan grande como la nuestra, de seguro los santos de aquellos días los hubiesen instado a una comunión más frecuente. Así, hubiesen tenido menos impedimentos en su camino al cielo; en ese entonces incluso el mundo resultaba menos venenoso y los pecados menos maliciosos. En cualquier caso, sea que mi teoría esté o no en lo correcto, ése es el punto: existían menos peligros y existían menos sacramentos. Y es algo que podría hacerse mucho más evidente; pues, al parecer, en simultáneo con el periodo en que la Edad Media fue dando lugar a los tiempos modernos, en la Iglesia fue surgiendo también una lucha más sistemática por la comunión frecuente.
...

Notas:

1. Bolandistas, enero, t.ii, pág. 446.
2. Brockie, Cod. Reg., t.ii, 503.
3. Bolandistas, febrero, t.ii, 102.
4. Véase su obra, pág. 94. En verdad, el santo le recomienda a los fieles una comunión frecuente, pero “frecuente” es un término relativo y ha de ser interpretado según la práctica de su tiempo y de su propia perspectiva, expresada en otra parte. Brockie, 3, 40.
5. Se trata, por supuesto, del minimum; y es posible que los individuos comulgaran con mayor frecuencia. Aunque, ¿cuál podría ser ese minimum en nuestros días? El Concilio de Trento ordena doblar ese número de comuniones, pero incluso eso nos parece poco a nosotros. Brockie, Cod. Reg., 3, 34.
6. Brockie, Cod. Reg., 4, 132.
7. Garampi, Memoire della B. Chiara de Rimini, pág. 516.
8. Bolandistas, agosto, t.v, 581. La expresión de su biógrafo dice ut minimum, respecto al cual el bolandista observa: Id pro tempore videbatur frequenter communicare | “Durante cierto tiempo, vio de comulgar con frecuencia”.
9. Bolandistas, agosto, t.iii, 809.
10. Bolandistas, julio, t.ii, 181.


Fuente: Bernard Dalgairns, John (1868). The Holy Communion, its philosophy, theology, and practice. pp. 221-225. 


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15.6.17























Quærite septimus panis.

Iam vero, ne longius protraham vos, ſeptem panes quibus reficiamini, iſti ſunt. Primus panis, verbum Dei; in quo vita hominis eſt, ſicut et ipſe teſtatur. Secundus panis, obedientia eſt; quoniam meus cibus eſt, inquit, ut faciam voluntatem eius qui miſit me. Tertius panis, meditatio ſancta, de qua ſcriptum eſt: Cogitatio ſancta conſeruabit te; et æque alio in loco nominari videtur panis vitæ et intellectus. Quartus panis, orantium lacrymæ. Quintus vero, pœnitentiæ labor eſt. Nec miraberis, quod laborem aut lacrymas panem dixerim, niſi forte excidit tibi quod in Propheta legiſti: Cibabis nos pane lacrymarum; et item in alio pſalmo: Labores, inquit, manuum tuarum quia manducabis, beatus es et bene tibi erit. Sextus panis eſt iucunda unanimitas ſocialis; panis, inquam, ex diverſis granis confectus, fermentatuſque gratia Dei. Porro ſeptimus panis eſt euchariſtia; quoniam panis, inquit, quem ego do, caro mea eſt pro mundi vita.

In Dominica VI poſt Pentecoſten, Sermo I, ſancti Bernardi, abbatis Claræ-Vallenſis.


Busquen el séptimo pan.

Ahora, en verdad, sin hacerlos esperar más, estos son los siete panes que nos renuevan. El primer pan es la palabra de Dios, en donde está la vida del hombre; tal como se evidencia en ella misma [1]. El segundo pan es la obediencia, según se dice: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” [2]. El tercer pan es la sagrada meditación, de la que está escrito: “La santa reflexión te sostendrá” [3]; y de similar manera, en otro lugar se lo llama también pan de vida y de comprensión [4]. El cuarto pan son las lágrimas de la oración. El quinto, en verdad, es la labor de penitencia. No te has de sorprender porque tal labor y lágrimas se denominen pan; a menos que hayas olvidado lo que leíste en el profeta: “Nos alimentas con pan de lágrimas” [5]; y también lo que se dice en otro salmo: “Cuando comas de la labor de tus manos, te sentirás dichoso y te irá bien” [6]. El sexto pan es el gozoso consenso social; se dice que este pan está compuesto de diversos granos y que su fermento es la gracia de Dios [7]. Luego, el séptimo pan es la eucaristía, de la que se dice: “El pan que doy por la vida del mundo, es mi carne” [8]. 

Sermón I del sexto domingo después de Pentecostés, de san Bernardo, abad de Claraval.

1. Lc. 4:4 | 2. Jn. 4:34 | 3. Prov. 4:6 | 4. Eclo. 15:3 | 5. Sal. 80:5 | 6. Sal. 128:2 | 7. Se lee también: ſapientia Dei. | 8. Jn. 6:51.



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24.3.17











Estaba.


Jesús, el Verbo encarnado, reproduce a su Padre. Él es el espejo en el que podemos ver, pues él es la imagen perfecta en la que el Padre se reconoce: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). Jesús en su totalidad está ahí: es un reflejo, el reflejo ideal que es uno con el objeto que refleja y que sitúa entre nosotros y tal objeto a fin de que reconozcamos en él mismo a ese objeto.

Sin embargo, el Padre ha querido que entre este reflejo y nosotros haya todavía otro intermediario más, otra imagen más próxima a nosotros que reciba a la perfección sus características y nos las trasmita. Pero, ¿por qué este segundo intermediario, este espejo más próximo? No discutimos con Dios; tampoco sobre lo que él así lo ha querido. Aceptamos sus designios y lo adoramos. Luego buscamos vislumbrar en su luz las maravillas de aquellas intenciones sobre las cuales estamos seguros que son asombrosas. Cualquier otra actitud del alma no es cristiana o es insuficiente.

La vida de Jesús y la vida de María, el alma de Jesús y el alma de María “son sólo uno”. Ellos vivieron correspondiéndose sin cesar, el uno para el otro; hallar a uno es hallar al otro. El verlos así, unidos, con el alma de uno frente al del otro, es mejor que conocer a uno y al otro [por separado]. Pues en Dios, todo y todos se iluminan recíprocamente.

En [el curso de] estas dos vidas existe una cúspide: la del Calvario. La historia simple de ambos, tal como sus almas, se define en ese momento. Allí se muestran, precisamente, dentro de esta relación: el uno está enfrente del otro, se comunican entre sí todo lo que son. El objeto divino está frente a su espejo: uno está en una luminosidad total, separado de la tierra y resaltando sobre el cielo, por encima del mundo y de los hombres a la vez que conteniéndolos [a todos] para elevarlos consigo mismo; la otra está todavía sobre el suelo y mezclada con los hombres, a los cuales debe mostrarles lo que ella recibe, pues ella está ocupada únicamente en recibir para que así la imagen sea perfecta (Jn. 19:25):

Junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre.

María contempló y siguió todo para recibirlo todo. Este es uno de los sentidos de las palabras: “Junto a la cruz”; tal sentido es una de las razones para aquella postura que la atención cristiana ha sabido notar correctamente: de pie y al lado. Ella no debía perderse ni un movimiento, ni un dolor, sino no podría reproducirlo en su totalidad. 

Ella ya estaba acostumbrada a ese mirar sostenido que nunca se aparta ni flaquea; ese mirar ha sido su vida. Ella habría dejado de vivir si hubiese cesado [en su mirar]. Eso le fue fijado a través de la Inmaculada Concepción, cuando el ángel la saludó llamándola: “Llena de gracia”; es la ternura maternal que aumenta sin cesar su firmeza intensa; es la Pasión, el deseo de sufrir al lado [de su Hijo]. Y de sufrir así para guardar, prolongar, transmitir, revivir y fundar una nueva familia, para darle hermanos a Jesús e hijos a su Padre, para hacer en aquella hora lo que ninguna palabra es capaz de expresar.  

Para María, en aquella hora y a través de aquel suplicio -de aquella cruz, de ese abandono tan completo- el rayo divino es un rayo directo, la luz es resplandeciente, es la propia luz.

El objeto divino está despojado, no le queda sino ella -quien no es un obstáculo, por supuesto- y a quien él también está dispuesto a entregar. Ya no hay nada de lo creado; hasta ese entonces lo creado jamás lo hubo absorbido sino solo envuelto. Además, fue por nosotros que sus pies tocaron el suelo y vivió nuestra vida, tal como luego lo seguirá haciendo ella –siempre por nosotros- durante algunos años más. Pero esta es la hora del pasaje, del regreso. Él se separa, se diferencia de todo lo que es tinieblas, se eleva por encima de ellas, se halla en la plena luminosidad. Él está fijo, la cruz lo sostiene; la cruz que durante mucho tiempo fue oscura, desde entonces resplandecerá por todos los siglos a causa de él.

Es frente a tal luminosidad, a tal resplandecimiento, que María se mantiene “junto a la cruz”. Eso es lo que ella quiso reproducir de manera perfecta, mostrárnoslo y generarla en nosotros; se trata de la luz que ilumina la vida y vivifica todo y a todos: “Quien me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12).

María observa esa luz, se llena de ella; no es sino un espejo que la refleja, tal como Jesús refleja a su Padre; [ella] es luminosidad reflejada, es la luminosidad del momento en que el Sol de Justicia ilumina -desde lejos y de manera oblicua- los inmensos espacios de la oscura noche de la fe. 

Mientras se hace reflejo, ella logra engendrar, ser madre. Por eso san Juan, quien ha seguido todo, ha cubierto todo, ha querido todo y ha vivido todo, viene a recordarnos su status: “Junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre”. Se trata de la última vez; y no se aparta de él para así mostrarle que ella se ha convertido en la “Madre de [todos] los hombres”.

Estaba, san Juan utiliza mucho el [tiempo verbal] imperfecto, el tiempo impreciso que desborda el tiempo sucesivo dentro de la duración eterna a la vez que pareciera participar de ambos. Los estudiosos me darán razones lógicas para este hecho, pero me agradan más las razones simples y contemplativas que sólo pueden estar a la altura de un alma como la de san Juan.

Estaba, permaneció allí por mucho tiempo, se mantuvo, sostuvo su mirar y esa mirada la sostuvo. Ella no tuvo otro sostén; [esa mirada] le fue suficiente durante aquellas largas y crueles horas. ¿Realmente fueron largas y crueles esas horas? Sí, de una manera inexpresable. Y por eso mismo fueron también dulces y breves, porque allí ella estaba unida [a su Hijo].

Extraño misterio ante el cual me desconcierto toda vez que me sitúo frente a ellos dos: ¡sufrimientos innombrables que son a la vez la alegría más profunda!

Su unión jamás ha sido más completa y profunda, íntima y dulce. ¡Es el resultado de muchas cosas, de muchos actos, de muchas horas de amor! Apenas me atrevo a pensar en esto.

He visto emerger ante mis pensamientos aquellos años que han precedido a la Encarnación; luego, los años que siguieron al tiempo de gestación, en donde él estuvo verdaderamente sólo con ella. El propio san José –sí, san José mismo- ni siquiera sospechaba de la presencia celestial. Luego se dieron los treinta años de existencia terrestre. Y todo tendía hacia allá, hacia ese stabat para ella y hacia esa cruz para Jesús.

Hay una comunión establecida entre ellos, una que no quiere dejar de ser, que debe seguir, que debe ser fecunda y a la cual la separación externa no puede amenazar; es esta comunión la que Jesús consuma antes de morir. Se trata del culmen de su vida en común aquí en la tierra. Juntos la subieron lentamente; “lentamente”, es decir, al paso de Dios, que no es ni lento ni rápido sino justo. Es más, incluso estando inmóviles, tanto uno como el otro (él, fijo sobre la cruz; ella, junto a su crucificado) están en movimiento, vuelven a repetir en común el fiat que ha unido a sus almas a lo largo de sus días.

Estaba ahí, parada y unida; parada porque estaba unida, erguida según el deseo divino que es rectitud infinita y fuerza de su fuerza.

No puedo añadir más nada. Siento profundamente que toda su alma [de María] está allí, en ese deseo que los enlaza a ambos y a su principio… ¡Todo está allí!



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In dominica infra octauam aſſumptionis B.V. Mariæ, sermo.

14. [...] Vere tuam, o beata Mater, animam gladius pertranſiuit. Alioquin nonniſi eam pertranſiens, carnem Filii tui penetraret. Et quidem poſteaquam emiſit spiritum tuus ille Ieſus (omnium quidem, sed specialiter tuus), ipſius plane non attigit animam crudelis lancea, quæ ipſius (nec mortuo parcens, cui nocere non poſſet) aperuit latus, sed tuam utique animam pertranſiuit. Ipſius nimirum anima iam ibi non erat: sed tua plane inde nequibat auelli. Tuam ergo pertranſiuit animam vis doloris, ut plus quam martyrem non immerito prædicemus, in qua nimirum corporæ senſum paſſionis exceſſerit compaſſionis affectus.


Sermón del domingo dentro de la octava de la Asunción de la B.V. María.

14. […] En verdad, ¡oh, Madre santa!, una espada atravesó tu alma. Más aún, aquella no hubiese atravesado la carne de tu Hijo sin antes atravesarte a ti. De hecho, después de que aquel Jesús (que es de todos, por cierto, pero especialmente tuyo) entregó su espíritu, la cruel lanza que abrió su costado no tocó en lo absoluto su alma (pues no podría lastimarlo ni tampoco hacerle daño estando ya muerto), pero sí atravesó tu alma. Pues evidentemente su alma ya no estaba allí, pero la tuya de ninguna manera podría alejarse de ahí. Por lo tanto, ese fuerte dolor atravesó tu alma; más aún, debido a eso, con toda razón te proclamamos mártir, pues es claro que los dolores de tus sentidos corporales se vieron excedidos por tus sentimientos de compasión.    



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1.1.17


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No es grato señalarlo, pero cuán contrastante es que –según esta cita de san Juan Crisóstomo- extraños líderes venidos del saliente hayan sido capaces de convertirse en sacerdotes de Cristo debido a su magnanimidad, mientras que muchos de los actuales guías del poniente -que ostentan tan altísima dignidad- cada vez parecieran menos capaces de ofrendar sus propios votos y promesas.     


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