19.11.13





      El nuevo eremita urbano

por Jack El-Hai

    - 2013 -

Durante los años en que fue un ermitaño, Roger Cunningham siguió un rígido y autoimpuesto programa diario. Iniciaba la mañana yendo al almacén más cercano en búsqueda de café: “Le había prometido a mi madre que todos los días tendría un contacto regular con alguien. Estaba preocupada porque estuviese demasiado tiempo aislado”, sostiene. Luego, de vuelta en su ermita, en una estancia cerca de Nicholville, en New York, comenzaba a las 7:00 a.m. con sus 45 minutos de meditación zen. Después del desayuno, se dedicaba a trabajar en soledad en alguno de los cincuenta huertos en los que estaba dividida su estancia. Más tarde almorzaba para luego volver a su huerta. Y siempre mantenía el silencio, desprovisto de teléfono, radio y televisión; lo cual le aseguraba que “todo lo que hiciese estuviese dentro del mismo esquema mental”, afirma. Después de la cena, se permitía algunos llamados telefónicos y un tiempo para escribir en su blog. Para Cunningham, el día terminaba con una nueva sesión de 45 minutos antes de irse a dormir. Un día a la semana lo dedicaba a trabajar en la organización sin fines de lucro que dirigía, la cual distribuía los productos de sus huertas en los bancos de alimentos [foodbanks] de los alrededores.

Al otro lado del país, la hermana Laurel O’Neal, miembro de la orden benedictina camaldulense, sigue una rutina eremítica diferente. Ella vive en un monoambiente en la poblada zona de la bahía de California. A la mañana va a misa, a veces hace trámites por la tarde, concede su dirección espiritual personalmente o a través de sus blogs, y todas las semanas toca el violín en una orquesta. Pero la mayor parte del tiempo se dedica a la oración y a la contemplación, como corresponde a alguien oficialmente designado como eremita por su orden religiosa.

Al igual que Cunningham y O’Neal, muchos ermitaños modernos parecen determinados a romper nuestros prejuicios acerca de cómo viven. Ellos buscan el silencio de la soledad, así como la contemplación espiritual que propicia, pues es parte central de sus vidas. Son muchos los que viven en las ciudades o cerca de ellas, se sustentan con algún tipo de trabajo y al menos ocasionalmente se relacionan con otras personas. Y lo que es más importante, no son misántropos, anacrónicos [survivals], marginados sociales ni tampoco tienen las deficiencias que a veces asociamos con la vida solitaria.

Los laicos ermitaños de hoy reivindican las antiguas tradiciones espirituales. Así como los primigenios sabios chinos o los monjes cristianos del medioevo encontraban la iluminación en la soledad, los modernos ermitaños ocupan su tiempo en largas oraciones y en una prolongada contemplación espiritual. Ellos traen de vuelta la antigua raíz griega de la palabra ermitaño: eremeia, que significa desierto; y la misma está relacionada con las experiencias de san Antonio y de otros cristianos que descubrieron lo divino en el aislamiento del desierto. En la actualidad, pocos ermitaños viven en el desierto, pero siguen escuchando el mismo llamado. “Ese llamado es tan imperativo, que tenés muy pocas esperanzas de que puedas ignorarlo. Pero una vez que lo aceptás, encontrás un gozo verdadero (después de muchas batallas), pues hallás tu verdadero centro y el auténtico deseo de tu corazón”, escribió un solitario en Raven’s Bread, un boletín internacional para ermitaños.

Cunningham, de 59 años, llegó a la vida de ermitaño por una indirecta ruta que lo condujo a través de su temprano retiro como trabajador social, de su difícil divorcio, pasando por la adquisición de su estancia en las montañas Adirondack (en un camino que solo divisaba unos diez autos por día y que permanecía meses bajo nieve) y por algunos viajes por el mundo. En cierto momento, de pronto sintió la necesidad de reducir su marcha y empezó a practicar meditación zen. El mindfulness que la práctica del budismo zen propicia lo llevó a su interior: “Vi que estaba dejando cada vez menos mi estancia. Comprendí que lo que estaba haciendo ahí era similar a lo que sucedía en una ermita. Así que decidí formalizarlo y desarrollé una rígida práctica de meditación que demandaba 12 horas de silencio cada seis días”. Un nuevo ermitaño había nacido.

¿Qué es lo que se espera que hagan los ermitaños? “Básicamente, nada; o sea, nada inusual. Los ermitaños viven vidas comunes, pero lo hacen con una extraordinaria motivación”, remarcan Karen y Paul Fredette, editores de Raven’s Bread y autores de un libro sobre la vida eremítica.

Hace muchos años atrás, los Fredette sondearon a los lectores de su Raven’s Bread –que hoy son más de 1500- para descubrir sus tendencias y las semejanzas de sus vidas. “Son personas que pasan la mayor parte del tiempo solas. Les encanta el silencio de la soledad”, afirma Karen. El resultado del sondeo provino de 122 respuestas, que eran un 60% de mujeres. Su base religiosa era católica, protestante, hindú, budista y sufí; y la mayoría eran de edad media y madura. “Es algo que podés hacer en un departamento en New York –algunos de nuestros lectores lo hacen- o en las inmediaciones urbanas. Algunos conforman grupos y se apoyan mutuamente, a través de una reunión semanal. Pero la mayor parte del tiempo la pasan en soledad”, afirma Karen. Hay quienes llevan una vida eremítica mientras cuidan de algún pariente o incluso estando casados.

Cunnigham dice que apreciaba sus silenciosas horas de soledad como ermitaño: “Cuando era consciente de mi unidad con el mundo nunca me sentía separado de lo que me rodeaba. Creo que la manera habitual en que pensaba de mí mismo, como una identidad individual separada y desconectada de todo lo que me rodeaba, es una ilusión. Esa forma de pensar me llevó al sufrimiento. La única manera de ver esa ilusión era reunirme con las aves, con la naturaleza, con mi entorno, con la no-separación. Al volverme hacia el suelo de mi estancia, al ser consciente de las texturas del terreno, al atender a las aves, al ver los árboles y sentir el viento y el sudor en mis mejillas, todo eso me regresaba al presente, al aquí y ahora que reconocía como el eje de mi práctica zen”.

Esta forma de vida es parte de un antiguo impulso. “Muchos de los disfrutes y muchos de los así llamados conforts de la vida, no son solo indispensables sino también gratos impedimentos para la elevación de la humanidad”, escribió en el s. XIX Henry David Thoreau, uno de los más conocidos buscadores de soledad de Norteamérica. Alrededor de 1840, mientras vivía en una cabaña que había construido en Walden Pond, Massachusetts, Thoreau mantuvo los lazos con su familia y amigos a la vez que estaba solo y estudiaba su lugar en el mudo natural. “No será sino hasta que estemos perdidos, es decir, hasta que hayamos perdido el mundo, que comenzaremos a encontrarnos y a comprender en dónde estamos y lo que significa la infinita extensión de nuestras relaciones”, escribió. Thoreau creía que tras dos años de soledad podía emerger como “una criatura más perfecta, apropiada para una sociedad más elevada”.

Thoreau se distanció físicamente de la ciudad, pero muchos de los actuales ermitaños no lo hacen. “Vivir separado de la sociedad no significa que nunca veas a nadie. Y por otra parte, ver televisión todo el día no ayuda en nada a la vida de un ermitaño. Se trata de simplicidad en la vida, requiere de autodisciplina y de una imagen positiva de sí mismo. Cuando vivís solo, únicamente hay una persona con la que tratarás durante todo el día, así que es mejor que te guste estar con vos mismo”, sostiene Karen Fredette, ex ermitaña.

O’Neal, de 62 años, habla sobre la paciencia que se necesita para aprovechar las oportunidades de la soledad. Y gusta de un consejo de Thomas Merton, monje trapense del s. XX que ha influido en muchos ermitaños modernos: “La puerta de la soledad solo se abre desde adentro”. Ella se convirtió al catolicismo poco después de la secundaria y luego, tras entrar a los franciscanos, tuvo que luchar con un inabordable trastorno epiléptico de inicio tardío. Más tarde tuvo que dejar a los franciscanos, estudió teología y trabajó en la iglesia de un hospital. Posteriormente se unió a otra comunidad de monjas, pero sus ataques continuaron perturbando su vida. “Necesitaba del contexto que le diese sentido a mi vida entera, incluyendo a mi fragilidad [brokenness], mis dones, mis talentos y mi preparación. Me estaba volviendo más contemplativa, considerando vivir una vida contemplativa”, sostiene.

Cuando en 1983 el derecho canónico de la Iglesia tuvo cambios y permitió a las diócesis el poder consagrar ermitaños, O’Neal comprendió que eso era lo que necesitaba. Intentó vivir como ermitaña durante varios años, buscando aprobación del obispo, y en el 2007 finalmente pudo profesar votos perpetuos como ermitaña diocesana.

La ermita de O’Neal es un simple monoambiente. En su dormitorio tiene un oratorio, en donde está presente la eucaristía. “Nadie entra ahí, excepto yo”, afirma. El resto de su espacio “es lindo y normal”, una zona para los encuentros con personas que la consultan por dirección espiritual. Como la mayoría de los ermitaños, O’Neal está conectada al mundo exterior a través del teléfono y la computadora.

Sin embargo, las conexiones cara a cara o de forma remota no disminuyen el poder del tiempo contemplativo que los ermitaños pasan en soledad. “Tendemos a pensar en viejas historias de gente viviendo en cavernas, sin ningún contacto con el mundo exterior. Pero tales historias probablemente nunca fueron ciertas. Las personas con frecuencia se sorprendían que fuese al banco, a los almacenes, a la librería y a vender mis comestibles en el mercado central”, dice Cunningham. Pero las experiencias sociales no anularon los beneficios que halló estando en soledad, viviendo el momento.

O’Neal se encuentra con una sorpresa similar: “Muchas personas con las que me encuentro me preguntan cómo es que una ermitaña toca en una orquesta o va a misa, o incluso cómo es que tiene sentido del humor. Pocos comprenden que se trata de una forma de existencia muy vital y enriquecida; una que es personalmente exigente y comprometida a la vez que bastante rara. Pero aún así, mucha gente necesita conocerla como una vocación positiva, incluso redentora. Necesitan conocerla incluso las personas crónicamente enfermas, los ancianos que se ven aislados y los privados de su libertad, pero no podemos hacerlo si se nos encierra en los estereotipos”.

En lugar de los estereotipos, la vida eremítica requiere de un temperamento que sea capaz de abandonar las expectativas del mundo y el propio deseo de dejar una marca en la sociedad. “Tu autodisciplina tiene que ser madura. No hay nadie que te diga que ya es tiempo de rezar o de escribir, o que ya hace rato que debieras estar acostado”, dice O’Neal. E igual de importante es la capacidad de descubrir y estar en contacto con una motivación trascendente para hacer lo que el mundo ve como insignificante o absurdo: “Tenés que vivir una vida sin una gran cantidad de gratificación exterior. Y no existe mucha aprobación externa para ser un ermitaño”.

Pero eso no significa que este tipo de vida sea desagradable. “Para mí era como estar de vacaciones, nada difícil”, dice Cunningham, a quien siempre le gustó la soledad. Aunque él decidió terminar su vida solitaria cuando su organización sin fines de lucro se tornó más demandante y nuevamente sintió el deseo de viajar. Ahora vive solo en un bote de 6 mts., permanece en Key West en el invierno y durante el verano sale a navegar por New England. Aun mantiene mucho de su soledad, pero la intensidad de su práctica espiritual de zen ha disminuido.

La atracción por la vida eremítica, según Karen Fradette, “siempre resplandece cuando el mundo se halla agitado. Los ermitaños están el centro de una rueda que gira. Ellos ayudan a que la civilización se mantenga unida”. Quizás hoy más que nunca necesitamos de los ermitaños.


...

[El-Hai Jack, 2013. The New Urban Hemit. The Saturday Evening Post, USA: Curtis Publishing].

Licencia de Creative Commons

0 comentarios: