5.12.13




Una ermitaña de la actualidad.

por Margaret Cabaniss

- 2011 –

Primero, la ermita no es lo que esperarías: se trata de un pequeño hogar en un tranquilo vecindario de Essex, en Maryland. Originalmente, hace cien unos años, la edificación era una cabaña de pesca de un solo ambiente.

Segundo, la ermitaña que vive en ella tampoco es lo que esperarías: Mary Zimmerer, quien ahora es Sor María Veronica of the Holy Face, es una entusiasta [bubbly] viuda que respondió al llamado a la vida contemplativa luego de que su esposo falleciera hace cinco años atrás. Después de efectuar su profesión pública durante el pasado invierno, se ha convertido ahora en la segunda de los dos únicas ermitañas canónicas (diocesanas) en la arquidiócesis de Baltimore.

Margaret Cabaniss se reunió con la hermana Maria Veronica para ver cómo es vivir esta antigua vocación en una era moderna.

Para la gente que no está familiarizada con la idea, ¿qué es la vida eremítica? Y, ¿qué es lo que la hace diferente de otras vocaciones religiosas?

Esta vocación se remonta hasta los padres del desierto: hombres que abandonaron las ciudades para dirigirse al yermo y así, alejados de todo, poder dedicarse a la oración. Las personas a veces los seguían y recibían dirección espiritual; en tanto que otros dieron inicio a pequeñas comunidades de eremitas.

Es un estilo de vida muy contemplativo. No es una vida fácil, ya que tenés que abandonar el mundo: nos mantenemos en el mundo, pero ya no somos del mundo. E implica mucha autodisciplina. Otras formas de vida religiosa se desarrollan en comunidad y van todos juntos a la oración, mientras que yo tengo hacerlo sola. Y como ermitaña tenés que estar en contacto con alguien: con un director espiritual o con un confesor, para estar segura de que mantenés tu objetivo y no te estás yendo a los límites del bosque. Ocasionalmente repaso mis principios junto a mi pastor. Sos una persona solitaria, pero no un guardabosques solitario.

Lo divertido es que no sabés que existen ermitaños hasta que te has convertido en uno de ellos; luego todo un mundo nuevo se te abre. Te das cuenta que existen ermitaños en todas partes, en todo el mundo. No todos son canónicos, no todos son católico romanos, pero están todos por ahí.

¿Cuándo fue que decidiste responder al llamado para convertirte en ermitaña?

Mirando atrás, puedo ver que el llamado se dio hace ya mucho tiempo. Pienso que la vocación es un tipo de rompecabezas: el Señor te va dando señales a lo largo del camino y queda en vos poder reconocerlas o no.

En 1987 hice un retiro de silencio y pensé que quizás el Señor quería que dejase a mi esposo y a mi hijo para unirme a una comunidad religiosa. Y simplemente pensé: “Bueno, Señor, se lo podrías decir vos a mi esposo” (lo dice sonriendo). Y cuando mi esposo vino a buscarme al retiro, lo primero que salió de su boca fue: “¿No te querés ir, verdad?”. Y le dije que no. Entonces me dijo: “Bueno, ahora tenés que regresar a casa conmigo, pero si algo me llegase a pasar podés regresar” (vuelve a sonreír).

Ese domingo, después de mi retiro, me reuní con una mujer que era miembro de la tercera orden de san Francisco, la orden laica de una comunidad religiosa. Y pensé: “Necesito saber más sobre eso”. Luego decidí convertirme en miembro secular de la orden de las Carmelitas Descalzas, una orden contemplativa que tiene sus raíces en el Monte Carmelo. Fui una carmelita secular a lo largo veinte años.

Después de que mi esposo muriera, en julio del 2006, sabía que el Señor me llamaba para una vida contemplativa, pero ¿dónde? Las carmelitas no tienen solitarias en su orden secular, pero ya que había sentido ese llamado me fijé en otras comunidades religiosas. Y vi que hay algunas que tienen límite de edad y otras no aceptan viudas. Visité a las cartujas, a las camaldulenses, a las de la Visitación, a las Pobres Clarisas… pero siempre pensaba: “Esto no es lo que quisiera ser”.

Entonces me puse a rezar: “Señor, ¿dónde quieres que vaya? ¿Qué querés que haga?”. Más tarde me encontré con un par de ermitañas de Pennsylvania, y mientras más hablaba con ellas, más sentía que mi corazón saltaba de alegría. Y me dije: “Creo que tengo que convertirme en ermitaña. Pero, ¿qué haré con eso?”. Tuve que dejar el Carmelo, lo que me partió el corazón, pero era como me lo dijo el Padre General: “Vos no podés tener los pies en dos comunidades religiosas al mismo tiempo”. Luego lo entendí: aunque no se trata de una comunidad religiosa, al ser una ermitaña sos una religiosa.

¿Cuál es el proceso para convertirse en ermitaña canónica en tu arquidiócesis?

No hubo un proceso en sí mismo. Al principio se me dijo que la arquidiócesis ya no hacía eso. Al parecer un par de mujeres lo intentaron y no les resultó. Pero en diciembre del 2008, se me concedió un encuentro con el obispo auxiliar de Baltimore, Denis Madden. Y le dije: “Sé que esto es lo que yo tengo que hacer”. Y para mayo del año siguiente, el arzobispo Edwin O’Brien me envió una carta diciéndome que me concedía permiso para comenzar el proceso. Su carta decía que el proceso normalmente tomaba cinco años, pero al considerar mi pasado como carmelita, el delegado religioso no creyó necesario tanto tiempo. Le pedí permiso para una misa en la que pudiera formalizar mi compromiso en atención a mi familia y amigos, ya que todos ellos se rascaban la cabeza mientras pensaban que estaba algo chiflada [kook]. Así que el 26 de septiembre del 2006 realicé mi compromiso formal; y el 13 de septiembre del 2010 hice mis votos temporales.

¿Cómo es un día habitual en tu vida?

Si volvemos a los padres del desierto, ellos dirían: “Ve y sentáte en tu celda, y tu celda te enseñará de todo”. De eso se trata este tipo de vida. Te mantenés en silencio y vivís en la simplicidad. En una comunidad religiosa tendrías una regla, pero como ermitaña he creado mi propia regla y horarium, o programa diario. Luego el obispo los aprobó.

Aunque el programa diario es como el de una comunidad: periodos de tiempo para el trabajo y para la oración. Podés llegar a estar muy ocupado en tu propio lugar. Esta es una casa de cien años que construyó mi abuelo, así que siempre hay algo para hacerle. Pero a diferencia de vivir en una comunidad, yo misma tengo que hacer todas las tareas de la casa: soy cocinera, quien lava la vajilla y el hombre de los arreglos. Estoy a cargo de toda la ermita.

Se trata de trabajar y de rezar. A veces tu trabajo es tu oración.

¿Dejás tu casa con frecuencia o hay personas que vengan a visitarte?

No, solo salgo a la mañana para realizar algunas diligencias; luego la gente viene a mí por dirección espiritual.

¿Cómo ha sido todo esto para tu familia?

John, mi esposo, solía decir: “Si algo me pasa, Mary probablemente se vaya a un convento”. Por eso pienso que algunas personas esperaban esto más que yo. Pero aún así ha sido difícil para todos ellos. Mi hijo y su esposa me han ayudado mucho desde el principio, pero ahora tienen un bebé y viven a solo cinco minutos de aquí… Sería fácil que empacase mis cosas, me fuese a la estación de tren y les dijese a todos: “Adiós”; pero eso no ha pasado todavía. Sigo estando en el barrio. Puedo verlos ocasionalmente si ellos vienen a visitarme, pero no pueden quedarse todo el día.

He dejado todo para poder rezar, para vivir en silencio, soledad y simplicidad. Pero puedo estar en contacto con la gente, con otros ermitaños y con mi hijo. Tengo un teléfono, pero después de que mi familia y amigos vinieran a mi profesión el mismo dejó de sonar. Creo que desde entonces la gente lo entiende un poco más.

Algunas personas puede que miren a la forma de vida que has elegido y piensen: “Estás viviendo por vos misma y para vos misma”. ¿Cómo explicás el significado de tu vocación a personas que no entienden la elección que has realizado?

Creo que la vocación de un ermitaño es rezar por todos, y la gente se siente libre para pedirle oraciones. Tengo un libro de intenciones que mantengo en la capilla, sobre el altar: entre el sacramento y el crucifijo, de tal manera que siempre esté delante del Señor. Y cada vez que entro ahí trato de recordar a la gente que me ha pedido oraciones. Pienso que somos el poder de apoyo para todos ellos, rezamos para que todo les vaya bien. Nosotros rezamos por todo el mundo; no solo para las personas del otro lado de la calle sino para el mundo en su totalidad.

¿Cuál es el mayor desafío que has enfrentado hasta ahora en tu vida como ermitaña?

El mayor desafío es vivir mis votos todos los días. Cuando hice mis votos de pobreza no solo se trató del abandono de mis posesiones, sino de una vida en la que pudiera ser poseída por el Señor: yo soy sus manos, soy su corazón, soy lo que él necesite que yo sea. En relación a la obediencia, mi esperanza es ser obediente no solo a los superiores y a mi ordinario -nuestro obispo-, sino ser obediente a los mandamientos. Y al mandamiento de amar a Dios con todo mi corazón y mi alma, y a mi prójimo como a mí misma. Esto me es suficiente para dedicarme a trabajar. Así que verás que estoy bastante ocupada tratando de hacer esto todos los días. 

Creo que el mayor desafío es simplemente vivir cada día tal como estoy llamada a vivirlo.
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Cabaniss Margaret (11 de abril del 2011). A Modern-Day Hermit, CatholiCity.com


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