14.12.13




Una visión existencial de la soledad

por Tim Ruggiero

Sobre un ensayo de Michele Carter, Abiding Loneliness: An Existential Perspective (2003):

"Muchos escritores de la tradición occidental describen a la forma existencial de la soledad como una inevitable condición de nuestra humanidad. La soledad se encuentra en la región más profunda del ser y se expande a medida que el individuo se hace consciente y enfrenta las experiencias límites de la vida: el cambio, los periodos de confusión, la tragedia, la alegría, el paso del tiempo y la muerte. La soledad, en este sentido, no es similar a la del sufrimiento por la pérdida de alguien querido, ni tampoco una ausencia de sentido acerca de la totalidad o integridad. Más aún, no es la enfermiza defensa psicológica contra la amenaza de estar solo, especialmente si estar solo significa que debemos enfrentar situaciones críticas que son de vida o muerte. Antes bien, la soledad existencial es una forma de estar en el mundo, una manera de asir y confrontar la propia verdad subjetiva. Es la experiencia de descubrir las propias interrogantes respecto a la existencia humana, la experiencia de enfrentar las difíciles contingencias de la condición humana. Desde una perspectiva existencial, la soledad individual busca alcanzar cierto significado frente a la impermanencia de la vida, frente a la angoisse de la libertad humana y la inevitabilidad de la muerte. En su hermoso y trágico ensayo God's Lonely Man, el novelista Thomas Wolfe conecta la intensa soledad de su propia vida a la del aspecto universal de la humanidad. Dice: 

La convicción de toda mi vida descansa ahora en que creo que la soledad, lejos de ser un fenómeno raro y curioso, característico de mí y de otros pocos solitarios, es un hecho central e inevitable de la existencia humana. Cuando revisamos los momentos, los actos y afirmaciones de todo tipo de personas -no sólo el lamento y el éxtasis de los grandes poetas, sino también la enorme desgracia del alma común- encontramos, creo, que todos sufren por lo mismo. La causa última de sus lamentos es la soledad.

Para Wolfe, la experiencia de soledad no es extraña ni curiosa, sino 'inevitable y justa' porque es parte del corazón humano. Tal como la experiencia de la alegría se ve acentuada por la tristeza, la soledad, 'siempre abrumada con la certeza de la muerte', hace que la vida sea preciosa. La soledad y la muerte son, por lo tanto, inevitables facetas de la existencia humana; ambas son ontológicamente necesarias para una congruente vida humana.

La soledad no es la experiencia de lo que uno carece sino más bien la experiencia de lo que uno es. En una cultura profundamente atrincherada en la retórica de la autonomía y los derechos, el canto del solitario de Dios con frecuencia resulta acallado o no es escuchado. Es irónico cuánto de nuestra libertad agotamos en el poder: en conquistar la muerte, la enfermedad y el deterioro, mientras escondemos a los demás nuestra bien enterrada soledad. Pero si ésta fuese compartida, lograríamos profundizar en nuestra mutua comprensión".

Comentario.


Paul Tillich, en The Courage To Be, dedica muchos capítulos al tema de la soledad y la ansiedad existencial. Y nos ofrece este pasaje de una de las obras de Nietszche:

¡Oh, hermano mío!, ¿acaso vos tenés el valor? Tiene corazón aquel que conoce el temor pero lo vence, quien ve el abismo con orgullo. Aquel que ve al abismo con ojos de águila, quien agarra al abismo con talones de águila, es él quien tiene valor (cursiva original).

Y Tillich dice que: "Estas palabras revelan el otro lado de Nietzsche, el que lo hace un existencialista; y muestran el coraje necesario para mirar dentro del abismo del no-ser en la completa soledad de aquel que acepta el mensaje de 'Dios ha muerto'".

Desde este punto de vista, la soledad es una experiencia a la que hay que darle la bienvenida antes que desterrarla, pues nos enfrenta con las dos preguntas más importantes de la existencia: ¿de qué realmente trata toda la vida?; y, ¿cómo debería usar mi libertad para poder definirme?  La referencia a un Dios "muerto" es otra manera de decir que toda presión y responsabilidad por una vida de sentido descansa directamente sobre nuestros hombros. Nosotros, no Dios, decidimos lo que seremos. Nosotros, y solo nosotros, somos los autores y directores de nuestra vida moral. Esto es lo que los existencialistas quieren decir cuando afirman que la existencia precede a la esencia. Es ésta comprensión, además, la que resulta más espantosa que cualquier otra.

La soledad nos lleva al abismo que Nietszche describe y nos fuerza a tomar una decisión. Para la mayoría de las personas, quizás la tentación de erradicar la desagradable subjetividad sea irresistible, y por eso buscan cualquier experiencia que los haga olvidarse de la misma. Siempre existe el sentido de pertenencia que nos concede la membresía a un grupo. Hay una seguridad existencial cuando se vive una "importante" vida, cuando se está conectado al centro de poder de la propia sociedad: al tener un trabajo respetable, una familia y unas pocas comodidades materiales. Este camino no es falso en sí mismo, eso dependerá de la persona. Muchos encuentran sentido y satisfacción en ese estilo de vida. Pero ese camino también podría ser elegido como resultado de ver la propia libertad e individualidad como una amenaza: hay personas que elegirán distanciarse de una vida que mantenga la esperanza de afirmación y de creatividad a fin de no soportar la inseguridad existencial que la misma exige.   

Sin embargo, existen aquellos que fijan la vista en el abismo y no se atemorizan. Pensemos en Siddhartha Gautama, quien abandonó una vida de opulencia y su familia hacia el final de su segunda década de vida para viajar solo en busca de sentido; o veamos a Henry D. Thoreau, quien se retiró a los bosques por unos años para obtener una saludable perspectiva sobre el mundo; o consideremos muchos otros personajes de ficción, como por ejemplo Lester Burnham, en la película Belleza Americana (1999), quien se queja por el hecho de haber pasado su vida adulta en un coma emocional y moral, y por eso persigue los retazos de sentido y de belleza que aún le están disponibles en sus actos de rebeldía. O pensemos también en Christopher Reeve, quién sabía que las probabilidades de volver a una vida normal y feliz eran mínimas y nulas, pero aun así decidió convertir su horrible tragedia en una búsqueda de soluciones científicas a males desgastantes como el Alzheimer y el Parkinson.

La soledad, en esta lectura, no es algo que deba rechazarse o temer; antes bien, es una posible catalizadora hacia una vida más productiva y comprometida. Y una avenida para una elevada autoconciencia.
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Ruggiero Tim. An Existential View of Loneliness. Philosophicalsociety.com

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