4.10.14




Aunque trágico e impactante, este hermoso poema destila un intenso espíritu estoico y natural que puede servir de inspiración para muchos cristianos, en especial para los solitarios. Pues el estoicismo guarda varios puntos de contacto con las enseñanzas neotestamentarias, además de haber influenciado el pensamiento de algunos Padres de la Iglesia, como Tertuliano, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Casiano e Hilario. Por lo tanto, bien entendido y asimilado es, según Paul Tillich, “la única alternativa real para la cristiandad del mundo occidental” (1952, p. 9). 

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La muerte del lobo.

Alfred de Vigny (1863)

I

Las oscuras nubes cruzaban la enardecida luna,
tal como el humo huye en un incendio,
y los bosques se ennegrecían hasta el horizonte.
Marchamos sin hablar por sobre el pasto húmedo,
por entre los espesos matorrales y los altos brezos.
De pronto, bajo abetos parecidos a los de Landas,
vimos las grandes marcas de sus garras,
la de aquellos errantes lobos que estábamos persiguiendo.
Los escuchamos, reteniendo nuestro aliento
y deteniendo nuestros pasos. Ni los bosques ni llanuras
lanzaban suspiros en el aire, solo
la veleta matinal gemía al cielo;
y el viento, muy elevado por sobre la tierra,
no rozaba con sus pies sino las torres solitarias.
Y los robles, apoyados en rocas reclinadas,
parecían dormitar y reposar sobre sus codos.
No hubo susurro alguno, hasta que bajó la cabeza
el más viejo de nuestros cazadores abocados al rastreo;
inclinándose se fijó en la arena y de inmediato,
él, que nunca se había equivocado,
dijo en voz baja que las recientes marcas
anunciaban el paso y las poderosas garras
de dos grandes lobos cervarios y de sus dos lobeznos.
Entonces preparamos nuestros puñales,
ocultando nuestros rifles y su resplandeciente brillo.
Avanzamos paso a paso, apartando la espesura.
Tres [de los nuestros] se detuvieron, y yo, buscando lo que veían,
percibí de pronto dos ojos fulgurantes,
y más allá a cuatro formas delicadas
que danzaban bajo la luna en medio de los matorrales,
tal como lo hacen cada día -con mucho ruido y ante nuestra vista-
los alegres galgos al regreso de su amo.
Y su ritmo era similar, como similar era su danza,
pero los lobeznos jugaban en silencio,
pues bien sabían que a pocos pasos -tan solo dormitando
bajo muros- reposaba el hombre, su enemigo.
El padre estaba de pie, y más allá, contra un árbol,
descansaba su loba, como aquella de mármol
adorada por los romanos, cuyo velludo cuerpo
abrigó a los semidioses Rómulo y Remo.
El lobo se acercó y agazapó con sus patas preparadas,
con sus agudas garras clavándose en la tierra.
Se sabía perdido, pues había sido sorprendido;
su retirada estaba clausurada y todos los caminos ya tomados.
Entonces, en su ardiente hocico
apresó la jadeante garganta del perro más temerario
sin relajar sus colmillos de hierro,
a pesar de nuestros disparos que atravesaron su carne
y de nuestros agudos puñales que, como tenazas,
lo atravesaron penetrando sus amplias entrañas.
Hasta el final mantuvo aprisionada la garganta del perro
que, muerto hacía rato, yacía desplomado a sus pies.
Luego el lobo lo soltó y dirigió su mirada sobre nosotros.
Tenía en su cuerpo los cuchillos clavados hasta la empuñadura
y lo estancaban en el pasto inundado con su sangre;
 nuestros rifles lo rodearon en una siniestra media luna.
Nos miró de nuevo y luego se desplomó
con la sangre fluyendo de su boca,
y sin importarle saber cómo moría,
cerró sus grandes ojos y se fue sin un lamento. 

II

Reposé mi frente sobre mi rifle ya sin pólvora
y me puse a pensar, sin poder decidirme
a perseguir a la loba y sus hijos, a aquellos tres
que quisieron esperarlo; y creo que
de no ser por sus dos lobeznos, la oscura y sombría viuda
no le hubiese permitido sufrir solo la gran prueba.
Pero su deber era salvarlos, a fin de
enseñarles a bien padecer el hambre,
a jamás hacer un pacto con las aldeas,
tal como lo hicieran el hombre y los animales serviles,
los cuales cazan delante de él -para tener donde dormir-
a los originales propietarios de los bosques y colinas.

III

¡Oh, a pesar del gran nombre de hombres,
siento vergüenza de nosotros, de lo débiles que somos!
¡Cómo se han de abandonar la vida y todos sus males,
eso lo saben ustedes, sublimes animales!
Al ver lo que se ha sido sobre la tierra y lo que se ha dejado,
solo el silencio es grandioso, lo demás debilidad.
¡Ah, te entiendo bien salvaje nómade!
Tu última mirada penetró hasta mi corazón
diciendo: “Si puedes, haz que tu alma alcance,
a fuerza del estudio y la reflexión,
aquel alto grado de orgullo estoico
al que yo, nacido entre los bosques, llegué antes que otro.
Gemir, llorar e implorar son igualmente vanos,
dedícate con toda energía a tu larga y ardua tarea
dondequiera que el camino o el destino te llamen,
y luego, al igual que yo, sufre y muere sin hablar”.  


La mort du Loup.

I

Les nuages couraient sur la lune enflammée
Comme sur l'incendie on voit fuir la fumée,
Et les bois étaient noirs jusques à l'horizon.
Nous marchions, sans parler, dans l'humide gazon,
Dans la bruyère épaisse, et dans les hautes brandes,
Lorsque, sous des sapins pareils à ceux des Landes,
Nous avons aperçu les grands ongles marqués
Par les loups voyageurs que nous avions traqués.
Nous avons écouté, retenant notre haleine
Et le pas suspendu. - Ni le bois ni la plaine
Ne poussait un soupir dans les airs; seulement
La girouette en deuil criait au firmament;
Car le vent, élevé bien au-dessus des terres,
N'effleurait de ses pieds que les tours solitaires,
Et les chênes d'en bas, contre les rocs penchés,
Sur leurs coudes semblaient endormis et couchés.
Rien ne bruissait donc, lorsque, baissant la tête,
Le plus vieux des chasseurs qui s'étaient mis en quête
A regardé le sable en s'y couchant; bientôt,
Lui que jamais ici l'on ne vit en défaut,
A déclaré tout bas que ces marques récentes
Annonçaient la démarche et les griffes puissantes
De deux grands loups-cerviers et de deux louveteaux.
Nous avons tous alors préparé nos couteaux,
Et, cachant nos fusils et leurs lueurs trop blanches,
Nous allions pas à pas en écartant les branches.
Trois s'arrêtent, et moi, cherchant ce qu'ils voyaient
J'aperçois tout à coup deux yeux qui flamboyaient,
Et je vois au delà quatre formes légères
Qui dansaient sous la lune au milieu des bruyères,
Comme font chaque jour, à grand bruit sous nos yeux
Quand le maître revient, les lévriers joyeux.
Leur forme était semblable et semblable la danse;
Mais les enfants du Loup se jouaient en silence,
Sachant bien qu'à deux pas, ne dormant qu'à demi,
Se couche dans ses murs l'homme, leur ennemi.
Le père était debout, et plus loin, contre un arbre,
Sa louve reposait, comme celle de marbre
Qu'adoraient les Romains, et dont les flancs velus
Couvaient les demi-dieux Rémus et Romulus.
Le Loup vient et s'assied, les deux jambes dressées,
Par leurs ongles crochus dans le sable enfoncées.
Il s'est jugé perdu, puisqu'il était surpris,
Sa retraite coupée et tous ses chemins pris;
Alors il a saisi, dans sa gueule brûlante,
Du chien le plus hardi la gorge pantelante
Et n'a pas desserré ses mâchoires de fer,
Malgré nos coups de feu qui traversaient sa chair
Et nos couteaux aigus qui, comme des tenailles,
Se croisaient en plongeant dans ses larges entrailles,
Jusqu'au dernier moment où le chien étranglé,
Mort longtemps avant lui, sous ses pieds a roulé.
Le Loup le quitte alors et puis il nous regarde.
Les couteaux lui restaient au flanc jusqu'à la garde,
Le clouaient au gazon tout baigné dans son sang;
Nos fusils l'entouraient en sinistre croissant.
Il nous regarde encore, ensuite il se recouche,
Tout en léchant le sang répandu sur sa bouche,
Et, sans daigner savoir comment il a péri,
Refermant ses grands yeux, meurt sans jeter un cri.

II

J'ai reposé mon front sur mon fusil sans poudre,
Me prenant à penser, et n'ai pu me résoudre
A poursuivre sa Louve et ses fils qui, tous trois,
Avaient voulu l'attendre, et, comme je le crois,
Sans ses deux louveteaux la belle et sombre veuve
Ne l'eût pas laissé seul subir la grande épreuve;
Mais son devoir était de les sauver, afin
De pouvoir leur apprendre à bien souffrir la faim,
A ne jamais entrer dans le pacte des villes
Que l'homme a fait avec les animaux serviles
Qui chassent devant lui, pour avoir le coucher,
Les premiers possesseurs du bois et du rocher.

III

Hélas! ai-je pensé, malgré ce grand nom d'Hommes,
Que j'ai honte de nous, débiles que nous sommes!
Comment on doit quitter la vie et tous ses maux,
C'est vous qui le savez, sublimes animaux!
A voir ce que l'on fut sur terre et ce qu'on laisse
Seul le silence est grand; tout le reste est faiblesse.
- Ah! je t'ai bien compris, sauvage voyageur,
Et ton dernier regard m'est allé jusqu'au coeur!
Il disait : “Si tu peux, fais que ton âme arrive,
A force de rester studieuse et pensive,
Jusqu'à ce haut degré de stoïque fierté
Où, naissant dans les bois, j'ai tout d'abord monté.
Gémir, pleurer, prier est également lâche.
Fais énergiquement ta longue et lourde tâche
Dans la voie où le sort a voulu t'appeler,
Puis après, comme moi, souffre et meurs sans parler”.




Nota: al parecer, la más antigua traducción al español de este poema filosófico proviene de una colección de 1917, bajo la pluma de Fernando Maristany y Guasch († 1924). Si bien este escritor es bastante fiel al texto original, aquí he procurado una mayor aproximación al detalle además de imprimirle un toque más actualizado y personal. 


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