19.6.14


Detalle de Cristo en Getsemaní - Monasterio de Dionisiou , Monte Athos, s. XVI


B. Elogios a la soledad por los cristianos.

| La soledad.|

Existen varios grados en la soledad.

Uno está solo cuando en el espacio que suele frecuentar no corre el riesgo de encontrarse con algún otro ser humano. Se trata de la “fuga de los hombres” en sentido material. Arseni, fuge hominis – Arsenio, huye de los hombres [1].

Y uno también está solo cuando lleva mucho tiempo sin entablar conversación verbal con otra persona. Esta es la soledad del silencio: Arseni, tace – Arsenio, ¡calla! [2].

Y por último, uno está solo en tanto el espíritu no tenga ningún interlocutor ni ninguna compañía profunda en su intimidad. Esta es la soledad del corazón: Arseni, quiesce (gr. hēsykháze) – Arsenio, reposa/permanece tranquilo, quieto.

En términos materiales, la soledad más auténtica es la primera: la fuga de la sociedad humana. A nivel moral, la soledad más profunda es la tercera, la del corazón. Y el silencio está entre aquellos dos extremos: es forzado si se está en un aislamiento, y es difícil de mantener en presencia de los demás. Puede ser también material, por el solo hecho de no pronunciar palabras; o puede ser interior, cuando a pesar de la conversación externa el corazón permanece en su soledad, ya sea ésta forzada o voluntaria.

Veamos, entonces, lo que han pensado los cristianos -y sobre todo los monjes- acerca de estos tres puntos: la fuga de los hombres, el silencio y la soledad interior.

| A continuación veremos de expresar selecciones de cuanto se ha dicho sobre la relación existente entre estos tres aspectos de la vida espiritual: el grado en que la soledad y el silencio son necesarios, en términos materiales, para la hesiquía interior. Las ideas sobre esta relación se irán clarificando de manera gradual a través de la reflexión teológica y por medio de la experiencia. Por eso escucharemos también a algunos teólogos y hagiógrafos.

Para proceder con claridad y sencillez, expondremos de manera sucesiva:

a. el elogio a la soledad, bajo su triple forma;
b. el elogio a la vida en común, que nos alerta sobre el peligro del aislamiento;
c. la reconciliación de estas dos tendencias. |

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1. Alf. Arsenio, n. 1.
2. Ibíd. n. 2.

Nota: Lamentablemente, el autor sólo pudo realizar el primer paso; su obra quedó inconclusa.


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18.6.14





| Monakhon: aquel que es “uno”.|

Lo que dice  santo Tomás: Nomen monachi ab unitate sumitur per oppositionem ad divisionem (y que ya aparece en I Cor. 7:32-33) [5], los griegos lo repiten bajo todas las formas posibles según el sentir de su lenguaje:

El monje se llama monje porque noche y día vive en un intercambio con Dios, porque no tiene la imaginación sino ocupada en las cosas de Dios y porque no posee nada sobre la tierra [6].
¿Qué es un monje y de qué manera alcanza este nombre? Es esto lo que debemos saber. Y nosotros lo expondremos según Cristo nos lo haga posible. En primer lugar, se llama así porque no toma mujer y porque renuncia tanto al mundo exterior como al interior. Es decir, renuncia exteriormente a las cosas materiales y a las ocupaciones del mundo; e interiormente renuncia a los pensamientos relacionados con ellas, pues no admite las preocupaciones mundanas. En segundo lugar, se llama monje (μοναχο - monakhon) porque invoca a Dios en una oración incesante, a fin de que él purifique su espíritu de la multiplicidad de pensamientos que lo perturban; de forma tal que, alejado de todo, su solitario espíritu pueda vacar solamente en el Dios verdadero, sin recibir jamás las sugestiones del mal y guardando siempre la pureza necesaria para permanecer límpido en su tendencia hacia Dios [7]. 

Bien podríamos multiplicar las citas, las cuales tendrían una forma variable pero un sentido inalterable. [Por ejemplo], un fundador le dice a su comunidad: “Ustedes, ustedes son a quienes no han sido confiadas la predicación del evangelio ni la solicitud de las iglesias sino el cuidado de su propia alma” [8]. El “solo/solitario con el solo/único” (monos pro monon) plotiniano no es, por supuesto, la fuente de este ideal [9]. Los primeros monjes cristianos no tenían nada en común con las antiguas escuelas de sabiduría, aun cuando –según la ocasión- pudiesen reclamar para sí el título de filósofos, del que los demás se aprovechaban en contra de ellos [10].

Pero una vez que la fórmula de Plotino se hizo conocida entre ellos, la misma recibió con toda naturalidad el derecho de ciudadanía y más de uno la repetiría sin que probablemente conociese su origen. Tal es así, que Dionisio Areopagita podrá escribir, según el sentido de su maestro Proclo y de los padres del desierto (aunque en un estilo altisonante poco degustado):

Entre los iniciados existe un rango muy elevado: la cohorte de quienes han sido conformados según el único [los monjes], quienes con coraje se dedican a purificarse por completo y quienes realizan sus acciones con una santidad perfecta. Ellos son admitidos, según sus propias fuerzas, en la participación y contemplación de las cosas sagradas […] Esta es la razón por la que nuestros piadosos maestros les han dado a tales hombres sagrados diversos calificativos, llamándolos a veces terapeutas, a causa del sincero culto con el que adoran a la divinidad; y a veces monjes, a causa de su vida de unidad y sin participación [mundana], razón por la cual privan a su espíritu de la distracción de las cosas múltiples para precipitarse hacia la unidad con lo divino y hacia la perfección del amor sagrado [11].

| El Pseudo-Dionisio fue capaz de citar otro nombre dado a los monjes antes del año 500 y que luego sería repetido con frecuencia: μονότροπος - monótropos. Aunque este término ya existía dentro de la literatura clásica, a partir de Eurípides y especialmente en Plutarco, para indicar un temperamento inclinado al aislamiento y a permanecer sin compañía.

Eusebio nos dice que Símaco había traducido la expresión hebrea del Sal. 67:7: "[...] en un solo espíritu", con el término monakhoi [12]; y que otros lo hicieron de manera diversa, pero el significado es siempre el mismo y se refiere al “orden de los monjes, el primero de aquellos que avanzan en Cristo, porque ellos son monotropi y no politropi; no se comportan de una manera y luego de otra, sino que siempre mantienen la misma conducta dirigida hacia la cumbre de la virtud”. Vemos que siempre se regresa a la idea de unicidad con una precisión que el término monje no contiene per se: unicidad de dirección, de conducta, de pensamiento. En suma, monótropos es un sinónimo menos usado y menos desgastado que el de monakhon para indicar, según lo dice la II carta de Macario: "la monotropa rectitud de la vida de Cristo" [13]; y según san Nilo: "la monotropía que produce la apátheia" [14].

Cirilo de Escitópolis, refiriéndose al Sal. 67:7 que dice: "hace habitar a los monotropi en una sola casa”, lo aplica a los kelliotes; es decir, a los monjes suficientemente avanzados a quienes san Sabas conducía desde el koinóbion de novicios hasta una celda dentro de la laúra [15]. Sin embargo, el término pronto se convirtió en un simple sinónimo un tanto buscado de monakhos [16]. Ignacio Xanthopoulos y Calixto, en su obra Cien Capítulos, nos dicen que son "los más bajos entre los monotropi […]". En san Máximo el Confesor, la filosofía -la verdadera filosofía que es la espiritualidad monástica- es llamada monotropía [17].|

Por lo tanto, no hay ninguna duda acerca del objetivo: el monje, por su propia vocación, está dedicado únicamente a la búsqueda de la unión con Dios a través de la oración; lo cual presupone un desprendimiento total, la purificación perfecta y la renuncia a todo aquello que pudiera retrasar su ascenso espiritual. La cuestión que se le plantea, entonces, se trata de saber hasta qué punto la compañía de sus semejantes y las ocupaciones y preocupaciones de la vida común le son unos obstáculos. Dicho en su lenguaje: hasta qué punto la soledad o hesiquía exterior les es necesaria o útil para la quietud o hesiquía interior. Se trata, por lo tanto, de una cuestión psicológica; o para hablar con mayor precisión, es un tema de historia psicológica.

Nos queda por exponer, ahora, las ideas de estos ascetas cristianos -que se transmitieron a lo largo de las épocas- en lo que concierne a las ventajas e inconvenientes de la “huida de los hombres”. Son las diversas respuestas a este tema, dadas a través de los siglos, las que determinarán la evolución del hesicasmo.

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5. IIa, IIae q.88, a.11, corp. sub finem. Trad.: “El nombre de monachi [monjes] designa a la unidad en oposición a la división”. 
6. Apotegma de san Macario, en Evergetinos I, p. 75, c. 2.
7. Macario, Homilía 56; Macarii Anecdota, Cambridge 1918, p. 44.
8. Typikon de St-Jean-Baptiste toû Phoberoû, n. 7.
9. Plotino, Enéadas, VI, 9, 11.
10. Cf. G. Bardy, “Philosophie” et “philosophe” dans le vocabulaire chrétien des premiers siècles, RAM 25, 1949, pp. 97-108.
11. La Jerarquía Eclesiástica VI, 3; cf. Le Opere, Cedam, Padova 1956; cf. pp. 172-173. El término therapeutés señala a quienes prestan un servicio o cuidado, sea en relación a las cosas divinas o humanas.
12. PG 23, 689 B.
13. PG, 416 C; cf. 417 B y ss.
14. Logos ascet. VI, PG 79, 725 D.
15. Vie de St. Sabas, Schwartz, p. 113, 3-20. Ekoinóbion o cenobio era la comunidad que conformaba un monasterio. Los kelliotes eran quienes habitaban los kellíon, las celdas para los solitarios; las cuales se organizaban en comunidades denominadas laúra (lit. pasaje, calle).
16. Gregorio Nacianzo, Or. 23.
17. Amb., PG 91, 1368 B.


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17.6.14





| La oración continua.|

He aquí Casiano, en quien hablan los héroes de la primera generación de la anacoresis. Dos de sus capítulos nos serán suficientes (el quinto y sexto de las Collationes X). ¡Cuán necesario es desprenderse de toda imagen durante la oración! Es necesario seguir el ejemplo de Jesucristo y retirarse a una elevada montaña para orar a Dios en lo secreto:

[…] Solamente pueden contemplar su divinidad, con ojos puros, quienes se elevan por encima de todas las obras y de todos los pensamientos bajos y terrestres; quienes se retiran y suben con él a esta elevada montaña de la soledad. Allí, Jesucristo aleja a las almas del tumulto de las pasiones, las aparta de la mezcla de todos los vicios y las sitúa en una fe viva; él las hace subir a la más alta cima de las virtudes, en donde les muestra la gloria y el esplendor de su rostro a aquellos que tienen los ojos del corazón suficientemente puros para la contemplación.
Y no es que Jesús no se deje ver por quienes viven en las aldeas y ciudades, es decir, por quienes están ocupados en la vida activa y en las acciones de caridad; sino que no lo hace con aquella gloria y radiante majestad con la que se muestra a quienes pueden subir a la montaña de las virtudes, tal como lo hicieron Pedro, Santiago y Juan. Es de esta manera que en otros tiempos se apareció a Moisés [Éx. 3:2] y habló a Elías desde lo profundo de la soledad [1 Reyes, 19:3 ss.].
Jesucristo ha querido confirmarnos esto con su ejemplo y nos ha trazado en su persona el modelo de pureza perfecta. Pues él, fuente inagotable de toda santidad, no tenía ninguna necesidad –como nosotros- del retiro y de la soledad para adquirirla; y siendo la pureza misma, no podía recibir la mínima alteración por parte de la multitud y del contagio con los hombres. Por el contrario, él purifica y santifica -cuando le place- todo lo que hay de impuro y de contagioso entre los hombres. Y sin embargo se retira a la soledad de la montaña para rezar [Mt. 14:23].
Por medio de ese retiro, quiso que aprendamos a separarnos de las perturbaciones y de la confusión del mundo, de tal manera que pudiésemos ofrecer a Dios nuestras perfectas oraciones y los afectos puros de nuestro corazón. Y así, aunque estemos en esta carne mortal, de algún modo podemos corresponder a esa magnífica beatitud que se promete a los santos en el otro mundo y considerar a Dios como el todo en todas las cosas [1 Cor. 15:28] [3].

¿En qué consiste la oración perfecta y qué se debe hacer para que sea continua?

Cuando sea así, la oración que el Señor le dirigió a su Padre a favor de sus discípulos se verá completamente realizada: “Te pido, Padre mío, que el amor con que me has amado esté en ellos y que ellos sean en nosotros. Que ellos sean uno; como vos, Padre mío, estás en mí y yo estoy en vos, que también ellos sean uno con nosotros". Esta oración del Salvador -que no puede quedar sin efecto- será verificada en nosotros cuando aquel amor perfecto con el que Dios nos amó primero sea derramado en lo profundo de nuestros corazones y así podamos amarlo a él como él nos ama.
Cuando aquello suceda, todo lo que amemos, deseemos, busquemos, anhelemos, pensemos, veamos, digamos y esperemos no será sino solo Dios; pues la unidad del Padre y del Hijo, y la del Hijo con el Padre se derramará en nuestros espíritus y corazones. Es decir, el amor que tenemos por él será continuo e inquebrantable, tal como el amor de él hacia nosotros es totalmente puro y eterno. Y así, permaneciendo siempre unidos a él, todas nuestras esperanzas, pensamientos y palabras tenderán hacia él y estarán en él; y entonces habremos llegado a aquel estado sublime que el propio Salvador anhelara en su oración por nosotros, en aquella que dice: “Que ellos sean uno tal como nosotros somos uno. Yo estoy en ellos y tú estás en mí, de tal manera que también ellos puedan ser consumados en la unidad. Padre mío, deseo que aquellos que me has dado estén conmigo dondequiera que yo esté” [cf. Jn. 17:21-26].
Es este el objetivo al que debe dirigirse el solitario, hacia donde debe dirigir toda la fuerza de su espíritu: a hacerse merecedor, dentro de este cuerpo mortal, de la imagen de la felicidad eterna; y a comenzar a degustar, dentro de este vaso tierra y arcilla, de todas las primicias; como si fuera un depósito de la gloria y vida divina que espera alcanzar en el cielo. Es este el fin de toda perfección: que el alma se desprenda a diario de todo lo que es la carne y de lo terrestre, y que se eleve sin cesar cada vez más hacia las realidades espirituales; de tal manera que todas sus obras, todos sus pensamientos y todos los movimientos de su corazón se conviertan en una sola y continua oración [4].
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3. Les Conférences de Cassien, traducidos al francés por De Saligny, doctor en teología. X Conf., cap. V, Lyon 1682, p. 405 ff.
4. Les Conférences de CassienConf. X, cap. VI.

En español, las Collationes se traducen indistintamente como Conferencias o Colaciones; y según he observado, tienen a los cap. V-VI señalados aquí como los cap. VI-VII. 


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16.6.14





III. Un dilema: entre soledad y caridad fraterna.

| Aun cuando la ambigüedad de esta expresión es más bien superficial, como todo lo que se relaciona con las palabras, | surge ahora un grave problema. Aunque no precisamente para los hesicastas, sino para los cristianos en general; en especial para quienes deben enseñar los caminos de la perfección. “La vida ascética tiene un solo objetivo: la salvación del alma”, dice san Basilio. Y la salvación del alma consiste en la caridad, según un principio primordial que jamás ha sido puesto en duda -a nivel teórico- desde que san Ireneo lo opuso de forma victoriosa al intelectualismo de los falsos gnósticos. Desde entonces, la única sabiduría y el único deber [de todo cristiano] es conocer y abrazar el género de vida que conduce con mayor certeza a la más alta caridad. ¿Por qué buscar, entonces, con tanta insistencia a la quietud?

Pero, ¿qué es la caridad? Esta fundamental cuestión de la moral cristiana, que fue resuelta teóricamente por la respuesta de nuestro Señor Jesucristo: “Amarás a Dios con toda tu alma, con toda tu inteligencia, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo”, nunca deja de producir -en todo tiempo y en todo lugar- nuevos problemas respecto a su aplicación. ¿Cómo adecuar el amor a Dios con el amor al prójimo? Si la medida para amar a Dios es amarlo sin medida, como dice Orígenes, ¿no habría que entregarse a la búsqueda directa de tal amor en todo instante de la vida? Y todo lo que no es un esfuerzo directo hacia ese amor, es decir, todo aquello que no es oración, ¿acaso no es, ipso facto, pura vanidad y pura pérdida? Así lo afirman sin vacilar los autores queridos por los hesicastas, como Nicetas Stéthatos [1], quien se apoyó en venerables autoridades, como san Epifanio [2].

Pero, ¿qué queda, entonces, para la práctica de las obras de caridad fraterna? ¿Y cómo podemos estar seguros que nuestros sentimientos con relación al prójimo, e incluso nuestra entrega, son parte de una auténtica caridad? Pues, ¿acaso desde hace tiempo no sigue viva en nosotros la philautía [filaucía], ese virus que infecta la fuente misma de nuestra afectividad, según la inagotable enseñanza de san Máximo el Confesor? ¿Y por dónde habría que empezar para realizar en nosotros la purificación perfecta, sin la cual no existe la caridad pura hacia Dios y hacia el prójimo? ¿A qué acciones han de prestarle mayor importancia nuestros esfuerzos? ¿A la extirpación del amor propio (una tarea negativa que puede resultar decepcionante), a la actividad de servicio a los demás (una tarea positiva sujeta a la ilusión) o al estudio que posibilite en nosotros el desarrollo de un amor deliberado y consciente hacia Dios a través de una intensa dedicación a la oración?

A este problema primordial, los hesicastas –con razón o sin ella- lo consideran resuelto; sino para todos los cristianos al menos para ellos. Es precisamente su certeza sobre este punto lo que constituye su vocación de hesicastas. Ellos no son parte de la Iglesia jerárquica. En principio, no son obispos ni sacerdotes ni tampoco clérigos, al igual que no lo son los monjes en general (quienes no admiten a los clérigos debido a las precauciones que todavía señala la Regla de san Benito; siendo la principal de ellas la renuncia a todo privilegio). Y tampoco se enredan en ministerios apostólicos, ni mucho menos se entregan como profesión a la hospitalidad o al cuidado de los enfermos o de los pobres. Para ellos será suficiente el ejercer tales formas de caridad cuando se presente la ocasión. Su caridad interior no les impide, y hasta puede que les ordene, retirarse a los lugares en donde tales ocasiones sean raras.

El problema con el que se enfrenta el hesicasmo no es de orden doctrinal sino de orden psicológico y experimental. Una vez que se distingue el objetivo -su objetivo-, y una vez que se admite que para lograr ese objetivo se impone cierto grado de soledad –al menos de forma intermitente- que asegure la quietud interior sin la cual no es posible la unión con Dios, ¿cuál es la medida de tal soledad? No se trata del mínimo exigido a todo cristiano ni tampoco del máximo que jamás ha existido; se trata más bien de lo óptimo, es decir, de lo más eficaz para alcanzar el ideal anhelado, lejos de ilusiones.

Si nosotros, personas del siglo XX, queremos estar preparados para emitir un juicio justo sobre el fenómeno histórico del hesicasmo, es necesario que comencemos este trayecto situando con toda claridad, delante de nuestros ojos, su objetivo espiritual tal y como nos lo presentan sus adeptos mejor entendidos. Y advirtamos que, si después de haber repasado estas descripciones venimos a creer o seguimos creyendo que el objeto de su ambición –que para ellos era valioso-, y que incluso todos sus sacrificios y todos esfuerzos, no merecen nuestra humana simpatía ni nuestra cristiana admiración, lo mejor será no leer lo sigue en este trabajo.


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1. Cf. Alf. Epifanio, n.3, PG 65, 164 B.
2. Centuria II, 77, PG 120, 937 AB; cf. Gregorio el Sinaíta, De quietudine et duobus modis orationis 11, PG 150, 1324 D.


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15.6.14





II. Una diferenciación: soledad y paz interior. | anacoresis y hesiquía. |

Esta diferenciación resulta clara a partir de lo ya señalado y bien se la podría haber establecido a priori. Existen dos clases de reposo, dos tipos de paz, dos hēsykhías: una exterior y otra interior; una en las cosas y otra en el hombre; una en el silencio de las fuerzas de la naturaleza y otra en el silencio de las facultades del alma.

Estas dos  hesiquías no necesariamente van a la par. Hay quien se ve agitado interiormente aun cuando no hay nada que se mueva a su alrededor; y está quien mantiene la tranquila posesión de sí mismo mientras el mundo pareciera estar colapsando. Esta es la pretensión de los estoicos; y es un hecho reconocido en la vida de algunos santos.

Sin duda, lo más importante aquí es la tranquilidad del alma: Non turbetur cor vestrum, nos dice Cristo [1]. Los hesicastas más fieles a su soledad lo sabían muy bien. Y sabían también sobre cuánto influye “lo de afuera” sobre “lo de adentro”, si bien no se dedicaron mucho a [elaborar] una psicología sistemática; los veremos, además, alejarse de la moral demasiada metafísica de los estoicos. Como contrapartida, practicaron bastante el psicoanálisis, buscando en las profundidades de su alma aquellas pasiones que reconocían como ocultas. Los hesicastas tenían principios de discernimiento que les permitían descomponer un determinado complejo psíquico hasta [la identificación de] sus elementos, de tal manera que pudieran señalar la causa verdadera o probable de cada uno de ellos; causas que pudieron haber estado en Dios, en los buenos o malos espíritus, en las percepciones sensoriales presentes o surgidas de las arcas de la memoria, en la múltiple afectividad subjetiva, o en las ideas y deseos de orden mental.

| Sin duda, será necesario exponer con más detalle las leyes de esta discreción o discernimiento: diákrisis. Por el momento, baste decir que la distinción entre lo externo y lo interno -esenciales para toda doctrina ética y afirmadas solemnemente, aunque con diferentes significados, por los estoicos y por el evangelio-, no les era desconocido ni siquiera a los ascetas menos eruditos.| Aun con esta distinción entre la hesiquía-anacorética y la hesiquía-psíquica, se requerirá de tiempo para su clara afirmación e imposición de manera práctica.

De hecho, al parecer en no pocos autores la soledad y la tranquilidad se confunden como si –en definitiva- no hubiese ninguna esperanza de quietud en una sociedad de hombres ruidosos e indiscretos, precisamente porque éstos no poseen la hesiquía interior. La pobreza del alma de estos hombres los lleva a picotear de todo en busca de alivio, de distracción, de entretenimiento o de evasión; tal como la necesidad de alimento lleva a los polluelos y gallinas a rasguñar y rebuscar incansablemente, salvo en los intervalos en los que cacarean o duermen.

Es frecuente que las palabras anakhóresis [retirada] y hēsykhía hayan sido consideradas sinónimas; algo que sucede incluso en nuestros días, cuando conocemos muy bien la diferencia entre ambas: ¡ellas son distintas, sí, pero también están íntimamente relacionadas!

Abba Moisés le dijo a Abba Macario de Escete [una región clásica del anacoretismo moderado]: “Yo deseo la hēsykhásai, estar en la quietud, pero los hermanos no me lo permiten”. Abba Macario le dijo: “Veo que eres naturalmente sensible y que no eres capaz de alejar a un hermano [inoportuno]. Si quieres la hesiquía ve al desierto, a lo más profundo; ve a Petra y lograrás el reposo”. Así lo hizo y consiguió la paz [2].

Se entiende: quien no tiene paz, quien enfrenta distracciones, tiene que reforzar su dosis de soledad. Según algunos de los que escucharon a san Arsenio, para éste los hesicastas son los monjes que evitan el encuentro con todo tipo de personas [3].

| Los trovadores del desierto manifestarán continuamente una tendencia a volver a aquella sinonimia. Después de todo, sabían bien a quién recurrir. En Orígenes, hēsykhía equivale a ēremía o descanso [4]. San Gregorio Nacianceno no se cansará de repetir su amor "por el bien que es la hesiquía y la anacoresis" [5]. Para san Gregorio de Nisa la hesiquía es similar a la estadía de Moisés en el desierto [6]. Y Ammonas no es de distinto parecer; e igualmente lo es Teodoreto cuando habla del "amor por la hesiquía" de san Simeón el Viejo [7]. Incluso Dionisio la resalta: la huida de san José hacia Egipto es, para él, la anacoresis; claro que en sentido material, si bien poco antes de esto sostiene que los ángeles les llevaron la buena nueva a los pastores debido a que éstos se habían purificado mediante la anacoresis-hesiquía; ¡y utiliza un solo artículo para los dos términos! [8].

La persistencia de esta equivalencia puede explicarse de dos maneras: ya sea por la identificación de la quietud con la soledad; ya sea por el desgaste del término anakhóresis. Justiniano, precisamente, consagra este segundo sentido en sus Novelles, en donde divide a los monjes en cenobitas y hesicastas/anacoretas [9]. Desde entonces, los dos términos ya no se tienen que aceptar según su significado más radical; a menos que el contexto lo requiera.

Incluso la vida de las palabras está en movimiento, y su preciso matiz no se revela sino a través de un estudio cuidadoso del medio ambiente en el que viven. Así, en el Pseudo-Efrén, el hesicasta es un recluso, mientras que el eremita es un solitario no-recluso.|


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1. Trad.: “Que no se agite tu corazón”; Jn. 14:1.
2. Alf. Macario, n. 22.
3. Alf. Arsenio, n. 44.
4. In Jer. Hom. 20, 8.
5. PG 35, 413.
6. Vita Mosis, PG 44, 425. La vita di Mosè, Ed. Paoline, Alba.
7. PG 82, 1357-64.
8. La Jerarquía Celeste, IV. Cf. Le Opere, Cedam, Padova, 1956.
9. Novelles V, c. III.

Nota: he dejado algunas de las pocas referencias a obras en italiano que figuran en la ed. del 78.


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14.6.14


San Juan Bautista - Rusia, s. XVI


Soledad y vida contemplativa según el hesicasmo.

por Irénée Hausherr, S.I.



A. El hesicasmo.

I. Una definición: hēsikhía.
II. Una diferenciación: soledad y paz interior |anacoresis y hesiquía.| 
III. Un dilema: soledad y caridad fraterna.

B. Elogios a la soledad por los cristianos.  

I. Fuge (huye).
II. Tace (calla).
III. Quiesce (reposa).
IV. Attende (atiende).

...



Prefacio.

En la presente obra, el autor nos lleva a recorrer la vida y enseñanzas de los padres del desierto con toda su crudeza y elevación espiritual. 

Este recorrido se inicia en el s. IV y atraviesa las desoladas regiones de Egipto, del Asia Menor y llega hasta el occidente de la Edad Media. Muchos de quienes lean este texto de seguro se verán desconcertados por estos primeros y casi ignotos seguidores del evangelio; otros tantos se detendrán a reflexionar acerca de las profundas raíces de la fe cristiana; y aún otros hallarán aquí un valioso estímulo para adentrarse con mayor confianza al seguimiento de Cristo.  

El rasgo más característico de todos estos pioneros de la hēsikhía fue su intensa e inextinguible sed de Dios. Fue un deseo tan puro e intransigente, que los llevó a concepciones y formas de vida que resultaron demasiado extremas para cualquier observador externo. Fue así en aquel tiempo y lo sigue siendo aún más en la actualidad, en una era en donde la fuerza e intrepidez espiritual se ven bastante debilitadas –y hasta casi extintas- en la mayoría de nosotros.

¿Será que todavía existen quienes sean capaces de percibir y verse fascinados por las realidades divinas de una manera tan absoluta e inamovible?... Quizás, a través de las líneas que ahora siguen, alguno pueda percibir al menos el calor que todavía irradia la hoguera interior de aquellos apasionados por el desierto, "enloquecidos" por el amor a Dios.

V.S.





A. El hesicasmo.


I. Una definición: hēsykhía.

El término hesicasmo, en lengua bizantina, designa un sistema de espiritualidad que tiene como principio la excelencia –y de hecho, la necesidad- de la ἡσυχíα = hēsykhía; es decir, de la tranquilidad, del silencio, de la quietud.| La etimología es incierta. Tal vez se relaciona con estái: estar sentado. Para los redactores de la Vitae Patrum, este verbo y sus sinónimos significan, por cierto, llevar una vida de hesicasta. |

Existen múltiples géneros de quietud: desde la ausencia de guerras hasta la suspensión de las facultades dentro del reposo místico; pasando por la inercia y la pereza, por el silencio de las cosas y de las personas, y por el apaciguamiento del espíritu y del corazón. Mientras hayan seres humanos –conjuntos o agrupaciones de seres humanos- existirán también diversas variedades de quietud; todas ellas susceptibles de ser llamadas hēsykhía.

De entre todas las acepciones que hay podemos citar algunos ejemplos provenientes de autores profanos. Veremos, no obstante, que aun cuando se trate del silencio de las cosas el mismo siempre es observado en relación al hombre. Y es que si no apelásemos al antropocentrismo helénico, si no hubiese alguien que la perciba y que la disfrute, ¿sería adecuado hablar de la “paz de las cosas”? Si esto fuera posible sería más conveniente hablar de la inmovilidad de las cosas o de la ordenación de sus movimientos, y reservar la designación de paz a la impresión que aquella inmovilidad u ordenación produce en el hombre. Este es, de hecho, el uso que hacen los griegos del término hēsykhía. Ellos la emplean en relación al hombre y a sus facultades, en relación a toda la vida o a parte de ella, y en relación a la tranquilidad que sigue a la cesación de la guerra. Se posee a la hesiquía, se lleva una vida de hesiquía o se pasa por un momento de hesiquía. Se trata, en suma, de una especie de seguridad contra las causas de agitación, como lo son las diversas ocupaciones, los levantamientos de los ciudadanos y las rivalidades entre Estados. Y ya que el individuo está hecho a imagen de la sociedad política –o viceversa-, existe también una hesiquía psíquica, que resulta de un ordenamiento jerárquico de las facultades; es decir, cuando se establece y se mantiene tal ordenamiento. Platón sostiene que las personas nobles siempre se ven dispuestas a llevar una vida de quietud: hēsykhon bion.  

| Los autores sagrados no tenían motivo alguno para cambiar este vocabulario. En la Septuaginta, la palabra hēsykhía y sus derivados conservan el significado que tenían en el lenguaje común de entonces, sobre todo el de paz exterior: la ausencia de guerras entre Estados y de levantamientos civiles. Eran estos hechos los que liberaban a los ciudadanos de la angustia y los que les concedían seguridad.

Pero esta sensación de seguridad no depende sólo de las situaciones externas. Por medio de la fe en Dios, ella puede sostenerse estando incluso frente a la amenaza de una guerra. Es lo que sucedió cuando Rezín, rey de Siria, salió en contra de Jerusalén para atacarla, cuando "el corazón del rey y el corazón de su pueblo se estremecieron, tal como se agitan los árboles del bosque con el viento". Yahvé, entonces, le ordenó a Isaías que dijera: "Quédate tranquilo, no temas [...]" (cf. Is 7:2-4).

La mejor garantía de tranquilidad interior es el temor de Dios, es la sumisión a su voluntad, es la sabiduría: "Quien me escucha vivirá tranquilo y libre del temor al mal" (Prov. 1:33). El texto griego evidencia el aspecto negativo que la hesiquía posee en sí, pues ésta excluye del alma los sentimientos dolorosos y establece la quietud interior sobre la certeza de estar a salvo del peligro.|

Es posible, también, protegerse deliberadamente contra el mal [o contra cualquier peligro] rehusándose a realizar todo aquello que se considere como tal; es decir, absteniéndose de realizar cualquier actividad, en particular por medio de la palabra (de donde surge el hecho de guardar silencio) y del movimiento (de donde proviene el hecho de permanecer quieto). Tanto aquella como éste son abstenciones frecuentes que se ajustan bien dentro del hesicasmo.

| En el Nuevo Testamento, la palabra hēsykhía es rara y es característica de Lucas [1] y de Pablo [2]; apareciendo sólo una vez en Pedro (1 Pe. 3:4). Su significado apunta, sobre todo, al estar tranquilo, al hecho de observar el descanso sabático, al hecho de dejar a los demás en paz. En Hch. 11:18 leemos: "Al oírlo, se tranquilizaron y comenzaron a glorificar a Dios [...]"; es decir, dejaron de objetar a Pedro por el bautismo otorgado a Cornelio. Pero, ¿no podría este texto, con un poco de buena voluntad, resultarle también agradable a los hesicastas? Probablemente lo haría mucho más, y sin ninguna inclinación complaciente, el texto de 1 Tes. 4:10-12: 

Y les exhortamos, hermanos [...] a honrar el hecho de vivir tranquilos (philotimeísthai hēsykházein), a ocuparse de sus actividades personales y a trabajar con las propias manos según la manera en que les hemos ordenado; a fin de que lleven una vida decente frente a los extraños y no tengan necesidad de nadie. 

También 2 Tes. 3:12 nos ofrece la oportunidad de aplicar al hesicasmo la recomendación que Pablo le dirige a los cristianos sobre el "trabajar con tranquilidad" (metá hēsykhías ergazómenoi), lo que claramente hicieron los hesicastas después de san Arsenio. No vamos a decir, por supuesto, que el hesicasmo nació de estos textos. Este preámbulo sólo tiene por objeto establecer el significado del término en aquellos documentos antiguos, tanto sagrados como profanos, de tal manera que el uso del vocabulario hesicasta halle una justificación en la sagrada escritura. 

El término hēsykhía domina por completo este vocabulario; pero también hay otros términos más o menos sinónimos que encontraremos en el camino. Aquí será suficiente con que pongamos de relieve algunos de los más comunes. Citemos ya al verbo kathézesthai (sentarse) junto con el de ēremon (cf. 1 Tim. 2:2, “llevar una vida tranquila y apacible”); se trata de la tranquilidad de un alma especialmente libre de perturbaciones interiores y libre de las causas de agitación externa [3]. 

En cuanto al vocabulario de origen filosófico, las palabras como apátheia, ataraxía y demás, no se encuentran casi nunca en los escritos de los padres [del desierto]. Si bien lo hacen posteriormente, no implicarán una importancia esencial en el sistema de espiritualidad hesicasta. Incluso el término apátheia, adoptada por Evagrio, faltará en los auténticos escritores hesicastas y nunca tendrá la primacía sobre el término evangélico de amerimnía; y esto sin tener en cuenta que el contenido de este vocabulario filosófico se ve notablemente alterado cuando pasa al lenguaje cristiano.| 

El término hēsykhía designa a la totalidad de la vida eremítica cristiana: desde la huida de los hombres –a nivel exterior- a la profunda mística de la “eliminación de los pensamientos”. Esta expresión resume bien la doctrina profesada por los hesicastas, cuyo nombre mismo expresa que no consideraban posible el logro de la quietud interior sin el amor por la soledad y sin la práctica del silencio. Tal quietud es, a un mismo tiempo, condición y resultado de la unión con Dios a través de la oración. Y subrayemos, sin demora, que esta quietud no es una meta similar a la apátheia del estoicismo o a la ataraxía del epicureísmo. Se trata más bien, como todo dentro del cristianismo, de un medio –quizás del medio por excelencia o de un medio excelente- para llegar a la meta, que es la unión con Dios o la oración perpetua. Para decirlo con Casiano: Donec omnis volutatio cordis una et jugis efficiatur oratio [4]; o sino: Ad perpetuam Dei memoriam possidendam [5].

Esta es la razón por la que, posteriormente, en la medida en que se crea poder lograr o conservar aquella unión y oración estando en medio de las causas de perturbaciones, la anacoresis irá perdiendo su importancia.

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1. Lc. 14:4 y 23:56; Hch. 11:18 y 21:14.
2. 1 Tes. 4:11; 2 Tes. 3:12; tres veces en 1 Tim.
3. Cf. Alf. (= Apophthegmata Patrum, serie alfabética), Sisoés, n. 26.
4. Collationes X, 7. Trad. de la cita: "Mientras toda la voluntad del corazón hace una e incesante a la oración".
5. Ibíd. X. Trad.: "Hasta poseer el recuerdo eterno de Dios".   

Nota: el capítulo IV de la edición del 78 se titula Nēpsis: la vigilancia; pero he optado por seguir la denominación en latín de los capítulos anteriores y según la máxima: attende tibi ipsi, que se verá hacia el final. 


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Elías el Profeta - Grecia, s. XVII

Soledad y vita contemplativa según el hesicasmo.

Irénée Hausherr, S.I. († 1978), además de teólogo fue filólogo, especialista en patrística, en espiritualidad del oriente cristiano y director del Instituto Pontifical de Estudios Orientales, en Roma. Su valiosa tarea en este centro fue continuada luego por el sacerdote checo, Tomáš Špidlík, S.I. († 2010).

Hausherr nos ha legado numerosas obras y artículos de vasta erudición, con los cuales favoreció principalmente a que occidente pudiera descubrir y conocer más sobre la doctrina y práctica del hesicasmo. Sin embargo, buena parte de su producción todavía no se halla disponible en español.

Uno de sus importantes trabajos cursó el siguiente recorrido antes de llegar a nuestra lengua de manera incompleta:

· 1956 – L’Hésychasme, Étude de Spiritualité. Orientalia Christiana Periodica, t. II, Pontificium Institutum Orientalium Studiorum (PIOS), Roma.
· 1966 – Hésychasme et Prière. Orientalia Christiana Analecta, 176. PIOS, Roma. Reelaboración de la edición anterior.
· 1978 – Solitudine e vita contemplativa. Secondo l’esicasmo. Monasterio S. María Madre della Chiesa e di S. Benedetto, Italia. Traducción al italiano basada en la edición del 66, con un sucinto prefacio.
· 1980 – Solitude et Vie Contemplative d’après l’Hésychasme. Col. Spiritualité Orientale et Vie Monastique, n. 3. Abadía Notre-Dame de Bellefontaine, Francia. Edición basada en la del 66, sin prefacio alguno, “con algunas notas de erudición que han sido abreviadas”, con la exceptuación de muchos parágrafos e incluso con la total ausencia del capítulo cuarto, que trata sobre la nēpsis (vigilancia); todo lo cual sí forma parte de la edición del 78.
· 1991 – Soledad y vida contemplativa. Espiritualidad monástica, n. 3. Monasterio Sta. María La Real de las Huelgas, España. Basada en la edición del 80, con las limitaciones de la misma respecto de la publicación del 78 y con dos breves fragmentos introductorios sobre la definición de hesicasmo (extraídos del Diccionario de las Religiones de F. König, 1964; y del Dictionnaire de Spiritualité, según la exposición de P. Adnè). Esta obra en español contiene demasiadas imprecisiones en su traducción, limitando así el correcto y más pleno aprovechamiento del contenido original de la obra.

Siendo que no he encontrado ninguna otra edición posterior en nuestro idioma que haya sido debidamente revisada y corregida, me he permitido una traducción más atenta basándome en las ediciones del 78 y del 80. Me he dedicado, también, a la inserción y ordenamiento de las notas a pie de página, de los parágrafos faltantes (que aparecerán entre barras verticales) y de todo el capítulo cuarto; además de la traducción de las citas en latín y griego para su oportuna asimilación, así como la aclaración de algunos términos en tales idiomas.

De aquí en más, iré publicando las entradas con una abreviatura y número correlativos; para la rápida ubicación de los temas, he aquí el índice: SVCH - Índice.

Espero que este clásico texto sobre el hesicasmo resulte en un mayor beneficio para toda persona en general y para todo cristiano en particular; y muy especialmente para todo aquel que haya sido llamado a habitar en los dominios del silencio y la soledad.  


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