29.9.15




Evocando a los expertos.

A veces, cuando observo el largo curso de desarrollo del monacato cristiano, no puedo evitar reflexionar sobre lo que pudo haber estado sucediendo en paralelo aquí, en estas tierras, en donde continuamente pareciéramos ser más bien extraños antes que oriundos. Admiro a las sagradas figuras del oriente y también del occidente europeo, por supuesto, y por eso mismo me pregunto quiénes habrán sido -y cómo habrían vivido- las desconocidas luminarias contemplativas en esta parte del mundo. Probablemente nunca lo sepa. Pero encuentro a la reflexión provechosa, ya que me ayuda a una mayor amplitud en mi perspectiva espiritual.

Aún con sus limitaciones, quizás esta rápida anotación también le sea de provecho a aquel que lo lea interpretándola según su propio contexto, según la región de Abya Yala (América) que le haya tocado habitar. O según sea su particular condición de europeo.


Mientras en el s. IV san Antonio se dirigía al desierto egipcio para inaugurar el eremitismo cristiano, la historia oficial –respecto a la cual tengo ciertas reservas- sostiene que las culturas de Huari y Tiahuanaco, en América, recién se hallaban en dirección a su primera fase de formación. Y se hallarán en esta misma fase durante los dos siglos posteriores, cuando Juan Casiano organice la vida monástica en la Galia (lo que favorecerá un mejor aprecio del eremita por parte del cristianismo de occidente) y cuando Benito de Nursia favorezca la expansión de la vida monástica por todo el Viejo Continente (con los abundantes cenobitas por delante y los muchos menos eremitas en su compañía) [1].

Se sabe ahora que, aproximadamente durante el 3000 y el 1800 a.C., en Sudamérica existió la civilización andina de Caral, tan antigua como la de Mesopotamia y la de Egipto. Tras su lenta desaparición, en el s. VI emergieron luego las culturas de Huari y Tiahuanaco; y la posterior decadencia de éstas dio lugar, a su vez, al surgimiento del grandioso Imperio Inca durante el s. X. Ahora bien, puesto que el ascetismo eremítico demuestra estar presente en toda civilización antigua, ¿cuáles habrían sido las características esenciales que adoptara el solitario desde los desconocidos albores de Caral hasta el sangriento atardecer del Tahuantinsuyo con la llegada de los conquistadores? No lo sabemos. Aunque quizás todavía se puedan rastrear algunos de sus vestigios.

Si bien su experiencia está signada por el Espíritu, la existencia de Antonio no puede sustraerse por completo de su antiguo legado egipcio y de su correspondiente contexto sociocultural. Así, su forma de pensar, su lenguaje, alimentación, vestimenta, costumbres y hábitat se corresponden a la cultura de su tiempo y de su espacio. Más tarde, cuando Casiano llegue a Marsella tras su capacitación en aquel desierto egipcio, dará comienzo a la primera inculturación monástica en la Galia, pues adaptará la tradición antoniana a las concepciones medievales de su época, se servirá del latín como lengua principal, adecuará el skhēma o hábito copto, organizará la jerarquía comunitaria, fijará las costumbres de los monjes y determinará el hábitat bajo una arquitectura romana. Luego, con la experiencia única de Benito, este modelo alcanzará su equilibrio definitivo y pasará a ser replicado a lo largo de todo el continente europeo. La fuerte matriz occidental quedará constituida, entonces, como: filosofía grecorromana, latín, túnica de símil campesina, organización vertical, edificio románico y existencia de intramuros. Se tratará de una matriz bastante rígida, por cierto, ya que cuando en el s. XI, Romualdo y Bruno confeccionen sus respectivas fórmulas para el ascetismo propiamente eremítico, todavía mantendrán fuertes atributos de la misma [2].

Cuando a partir del 1500 las órdenes de franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas llegaron al Nuevo Mundo, se fue produciendo un complejo proceso de aculturación religiosa en todo el territorio. Al margen de la inevitable pérdida que implicó su presencia, son muy loables los aportes de los misioneros en lo que respecta a la defensa de la población indígena, a la elaboración de gramáticas sobre su lengua, de catecismos en su idioma y del registro de sus variadas creencias y costumbres. Sin embargo, no sucedió así con los más contemplativos, con quienes albergaban además el potencial eremítico. Cuando la Congregación Lusitana de la Orden de San Benito (Portugal) hizo su ingreso a Sudamérica (1582), asentándose en el nordeste de Brasil con el monasterio São Sebastião da Bahia, de ninguna manera se inclinó por una experiencia intercultural con los tupinambá. Optaron, más bien, por continuar firmemente ligados al modelo europeo, tal como lo harían las casas subsiguientes.

Más hacia el sur, tres siglos más tarde aparecerá la Abadía del Niño Dios, en Entre Ríos (Argentina), fundada en 1899 por los hermanos de la Abadía de Belloc (Francia); casa, sin embargo, en la que tampoco se observarán cambios significativos ni mucho menos intenciones de diálogo intercultural con los nativos. Y no los habrá tampoco en el monasterio de Viña del Mar (Chile), fundado en 1920 por la Abadía de Samos (España); ni tampoco en las subsecuentes fundaciones monásticas que a partir de 1976 conformarán la Congregación Benedictina de la Santa Cruz del Cono Sur. No se dieron ni aún en la más reciente fundación: la Cartuja de San José, en Córdoba (Argentina, 2004).

En suma, desde la época de aquella primera inculturación acaecida en la Galia, el monacato jamás se atrevió siquiera a concebir algo similar durante su inserción en el Nuevo Mundo, en un mundo en donde todo era realmente nuevo. Aquí, la política monástica siempre ha sido la de trasplantación, no la de implantación; la de fijación del modelo estándar, no la de una siembra natural. El monacato sudamericano es un exótico árbol empotrado en suelo nativo, no una semilla que vino a morir para fructificar. Es evidente. 

En la actualidad, los monasterios se han visto esencialmente modificados –en buena parte a causa del Vaticano II- por su plena adopción de la lengua vernácula (español/portugués), pero su túnica, organización y arquitectura siguen respondiendo con fuerza al poco flexible modelo occidental; sus pensamientos, sobre todo, continúan decididamente orientados hacia el legado latino-oriental, lejos de originales alternativas de continuidad en el presente. Y cabe señalar que su ascetismo corporal se ha relajado lo suficiente como para reducir al extremo el futuro horizonte de sus escasos eremitas. Como sea, en todo este proceso el monacato jamás se ha preocupado por hablar con las culturas nativas. No las ha reconocido.

¿Por qué no? En el caso de Argentina, quizás por la inserción de las casas religiosas a poco de haber culminado la Conquista del Desierto (1878-1885) y por el efervescente curso de la sociedad industrial, lo cual habría acentuado el distanciamiento de los indios en general. Pero, entonces, ¿por qué con el tiempo no fueron generando semillas de diálogo con los descendientes de los habitantes originarios de estas tierras? ¿Por qué no prestaron atención a pensadores como Rodolfo Kusch, por ejemplo, durante la década del 70? Quizás no lo hicieron para no ser tildados de indigenistas o para que no se los considerase partícipes de la izquierda cristiana durante el largo periodo de dictaduras. O sencillamente porque no les interesaba. Pues, después de todo, desde el periodo colonial la cosmovisión indígena siguió siendo de alguna manera “demoníaca”: una caótica ruina de mitologías, supersticiones y coloridas costumbres de sincretismo religioso; remanentes de una subdesarrollada civilización sin escritura.

Hoy en día, bien se podría afirmar que el monacato sudamericano ha sido y continúa siendo una institución de pensamiento eurocéntrico y de aspiraciones latino-orientales. Aunque, ¿realmente existe un monacato sudamericano? ¿Existen estudios religiosos abocados al menos a sus primeros cien años de vida en tierras argentinas? Y estas preguntas valen más específicamente con relación al eremitismo.

Cualquiera haya sido la espiritualidad, doctrina y ascesis del eremita precolombino de Caral, es posible inferir que su figura fue evolucionando a lo largo del milenario curso histórico y se halla todavía presente en el amawt’a (sabio) de la actualidad [3]. En el amawt’a es posible encontrar todavía rasgos de aquel ignoto solitario y de su desaparecida cosmovisión prehispánica. Y es el amawt’a, también, quien ahora está ayudando al desarrollo de la filosofía andina bajo un lenguaje moderno, manteniendo siempre su idioma nativo, su modalidad de introspección y su relación con el medioambiente. ¿Será posible, entonces, lograr por fin un verdadero proceso de inculturación? 

Por ahora, pienso que la presencia del sabio andino, viviendo todavía en su rusticidad, bien puede recordarnos a todos -en especial al eremita- el olvidado consejo del melifluo doctor de la Iglesia: Experto crede: aliquid amplius inuenies in syluis quam in libris. Ligna et lapides docebunt te quod a magiſtris audire non poſſis | “Cree en el experto: hallarás mucho más en los bosques que en los libros. Los árboles y piedras te enseñarán lo que no es posible escuchar en los [letrados] maestros”.


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MVCHAYCUſCAYQUI MARIA.

Mvchaycuſcayqui Maria, Dioſpa gracianhuan huntaſcam, canqui. Apunchic Diosmi camhuan. Huarmicunamanta collananmi canqui. Vicçayqui manta pacarimuc Ieſus huahuay quiri collanantacmi. A ſanta Maria virgen Dioſpa maman, ñocaycu huchaçapacunapac muchapuaycu, cunan, huañuynijcu pachapipas. Amen Ieſus.

EL AVE MARIA.

Dios te ſalue Maria, llena de gracia. El Señor es contigo. Bendita tu entre las mugeres, y bendito el fruto de tu vientre Ieſus. Santa Maria, virgen madre de Dios, ruega por noſotros pecadores agora, y en la hora de nuestra muerte. Amen. 

(Según el Catecismo en la lengva española y qvichva del Pirv, 1583).

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1. La figura del eremita dentro de la evolución institucional propiciará el reconocimiento de las formas seglares de ascetismo, las cuales existieron desde mucho antes del monacato y continuarán existiendo en paralelo al mismo; aunque casi siempre de manera desapercibida para sus registros.  
2. La experiencia de Bruno posee un marcado carácter independiente respecto del modelo benedictino debido a su conformación (comunidad de solitarios y no de cenobitas), su hábito (que es blanco y no negro), su fórmula de profesión (que no menciona nunca a Benito), su integración de los hermanos laicos (concediéndoles status monástico) y su liturgia (austera y sin música). Sin embargo, tales cambios no traspasarán la matriz señalada.    
3. Aquí me refiero, por supuesto, a las auténticas figuras herederas de su milenaria tradición; lejos de aquellas impostadas por razones políticas, comerciales o propias de la exuberante pseudoespiritualidad posmoderna.  


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